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DIRECTOR
Carlos Villacorta


COMITÉ EDITORIAL
Juan Carlos Patiño
Carlos Villacorta


DISEÑO
Andrés Ortiz
Eliana Uribe
K2 estudio creativo


CONTACTO
polis.poesia@gmail.com
ISSN: 2996-5616

Editorial

Por Carlos Villacorta

2025. El nuevo año ha empezado con una fuerte crisis global llevada de la mano por los Estados Unidos. Mientras vemos cómo estas medidas afectan a todas las poblaciones, sobre todo a las minorías latinas, LGBTQ+, entre otras, la sociedad comienza a despertar y salir a las calles a protestar frente al autoritarismo estatal que nunca ha tenido consecuencias buenas para nuestras sociedades sino sólo destrucción y aislamiento.

Polis Poesía continúa trabajando a pesar de la amenaza a la cultura, las humanidades, la ciencia, y las artes, es decir a todo aquello que significa ser un ser humano. Nuestro cuarto número llega por fin en este 2025. Este número trae cinco crónicas sobre Lima, Bogotá, Zaragoza y una meditación sobre la ciudad interior, escritos por la poeta peruana Ethel Barja, el narrador Oswaldo Estrada y críticos e investigadores como Raúl Soto, Israel Pérez Medina y Mónica María del Valle. Así mismo, presentamos una entrevista al narrador colombiano Luis Miguel Rivas a propósito de su narrativa urbana en Bogotá y Buenos Aires.


Incluimos en la sección de ficción un cuento breve del colombiano Gabriel Ramírez Acevedo y un fragmento de la novela del puertorriqueño Carlos Vázquez Cruz. En la sección de poesía, esta vez contamos con la presencia de los poetas Luis Correa-Díaz, Esperanza Vives Frasès, David Alvarado, que nos presentan su personal perspectiva sobre las ciudades. 

Lea Polis Poesía, camine por sus páginas mientras se pierde por la ciudad. Como dice la poeta Emily Dickinson: “La ciudad dormía bajo un manto de niebla, como un recuerdo difuso de días pasados”. Es tiempo de adentrarse y levantar esa niebla.

10 de Junio de 2025

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Fotografía: Archivo Polis

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Crónicas Urbanas

Ciudad Adentro
Por: Ethel Barja

Otros desde una época con prismáticos soberbios o una certeza almidonada de vivir en el mejor de los mundos posibles hablarían del castillo interior o de Wall Street, la elevación de la parábola perfecta, la cúspide de la bóveda de lo conocido en bitcoins. A mí que me queda este simulacro de mastodonte cenizo, decrépito, al desborde del cataclismo, abandonado de ángeles de la historia, del anticipo prestado con el que veía este ombligo distante. Me resta este promontorio adentro, apenas un puñado de casas, destartaladas a la orilla de un elocuente río donde los huesos crujen y se avistan más a menudo que los peces de escamas sintéticas y mercurio. En esta ciudad calva, que se abraza los intestinos, macilenta y desdentada, esta ciudad candente y contradictoria con su trópico en sus cordilleras en cada esquina, me reclino, respiro dentro y fuera con mis agallas batientes en su humedad.

 

Aquí pusieron una y otra vía expresa para que circulen los que se extingan más rápido, los menos intuitivos, los de la mala suerte. Aquí sedimentaron muchas capas para que el fondo fuera indistinto, una costra que duela menos, un subsuelo irrigado con un mal sueño que gotea, con fibras inmortales que nos sobrevivirán como el insecto que acumula lo suyo, va cuesta arriba y se deja caer para volver a empezar. He salido con mis galas, en retazos pestilentes a la alameda, con mi discurso preparado como para acto oficial, asciendo por la planicie. Aquí perecieron los molles del tiempo nuevo, lavado por dentro y por fuera, casi comestible de la civilización por venir, siempre tan lejos del yo, de su carne terrosa, de su lengua que imanta sonidos dispersos de auténticas raicillas germinales, prima posesión de este lugar. No hay una sombra en lo que fue la plaza y me froto los ojos para mirar por dentro esta ciudad íntima que palpo a media luz y me equivoco, hay una turba, unos bufidos de fin de fiesta embebidos en los viejos cantos para abrigar al pueblo, para alimentarlo hasta dejarlo tan rebosante, listo para el matadero. Me enceguece la sonrisa brillante de la que se parece a la L iluminada, distraída susurra quién sabe qué a los concurrentes que la empujan hacia atrás hasta que resbala. Son una masa eufórica que se confunde con el asfalto, una mole monumento que se eleva hasta cubrir el horizonte y se desintegra, hecha una voluntad indistinta, vulnerada, una fábula que cae en pedazos en el pavimento mientras las trompetas rugen en palacio y sigo avanzando cubriéndome el rostro que me queda, busco una estructura no perecible entre la arena y como he dejado de mirar abajo no vi esta viga, donde ahora sobrevivo a pasos lentos y constato que la cúpula celeste es solo un cielo raso apolillado…crac, crac, crac… esta madera se queja, pero solo desde este glorioso balcón de ayer veo caer a los últimos, como pedazos de un mundo que se derrumba, un mundo incompleto que rechina una promesa melosa sobre la banca de un parque zonal donde una vez hicimos el amor.

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Fotografía: Archivo Polis

Al borde como los suicidas mido el ángulo perfecto para una impecable caída desde el puente de mitad incendiada, de mitad cansancio, desazón de no verte más entre la gente, desaparecida, entrañable. Un remezón adentro altera los cimientos, se raja la alcantarilla, y los residuos develan cada crimen, cada epidemia, cada maleta y su víctima portable. Por el zanjón mi rostro quemado da las buenas noches a una ciudad que se me incrusta y me abre de par en par, me conduce a la misma desintegración tras el choque con una muchedumbre que apenas se roza y cuya sombra me persigue en los sueños en que voy por ahí como animal techero al acecho hasta divisar el momento exacto cuando el bus se detiene y la joven sube y la bañan de un líquido extraño y el cerillo después y la multitud ahí siguió muriendo mientras ardías púrpura y cercada de la más miserable soledad. En este sueño siempre voy por las mismas cornisas, empinadas y filudas, escoltadas de gallinazos, por los mismos cables de luz y a la hora pactada, la misma muchacha, los mismos gritos.

 

¡Qué impávida urbanidad!¡Qué simetría jamás impuesta a las dimensiones entrecortadas de lo común! Deslizo mi mano sobre la superficie, esta ciudad es un cráter apelmazado con materia viva, es la mordaza sobre las ofrendas rituales de un orden por venir, huella del camino erguido, orientación definitiva hacia los puertos, donde llegan los pescadores y se tiran al mar sin redes, sin mirar hacia atrás y hasta los cóndores extraviados buscan un paisaje más allá y se arrojan a las rocas, mientras las nutrias ven sus picos ensangrentados y sus cuerpos resbalar y quedan solo manchas negras sobre el agua que ruge en lo profundo de la noche.

1.

Las leyes del tránsito

Por: Oswaldo Estrada

Esos primeros días en Miami fueron alucinantes, sobre todo porque no sabía cómo cruzar sus avenidas y sus calles. Mi abuelo me había contado, aferrado al volante del Volkswagen escarabajo que había sobrevivido tres robos, incontables rasguños y una sarta de insultos, que las carreteras en Estados Unidos tenían cuatro, cinco y hasta seis carriles bien asfaltados. Fascinado por el orden de las ciudades que él había visitado en diversas ocasiones desde los años cincuenta, contaba que los gringos manejaban de manera ordenada, cediendo el paso a los peatones y los ciclistas. Sin tocar el claxon ni mentarle la madre a nadie. 


—No como estos forajidos del carajo—sentenciaba con inmensa decepción— que son capaces de matarte en cualquier esquina, con tal de ganarle al conductor de al lado. O a los micros y las combis. Llevándose de encuentro guardafangos, antenas, espejos y brazos.

 

Era cierto lo que decía mi viejo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De niños jugábamos a ser pilotos suicidas y arriesgábamos la vida con nuestras bicicletas, imitando lo que veíamos en la carretera. Si las combis asesinas iban repletas de pasajeros apretados como sardinas, nosotros cargábamos cada bicicleta con tres o cuatro muchachos malamente distribuidos en el asiento, en el tubo, en el manubrio y en los estribos colocados en las ruedas traseras. Y nos lanzábamos a la aventura, jugando a ser adultos, al mando de nuestras naves.


Entre un juego y otro, con las rodillas ensangrentadas y raspados los codos, las piernas —sin quejarnos en casa para que no nos castigaran por hacer barrabasadas— aprendimos lo que era el tránsito. De nada servían los semáforos en Lima, los cruces peatonales, las líneas pintadas en el asfalto que recreábamos en los cuadernos del colegio. Manejar allá era —y sigue siendo— tarea de titanes, lanzarte a la carretera con los guantes puestos, sin saber en qué momento serías embestido por un auto, un camión, un triciclo, o un carrito sanguchero. Y cruzar las grandes avenidas limeñas, en calidad de transeúnte, era atravesar ese infierno. A toda velocidad. Con miedo.


Por eso corría como loco cada vez que cruzaba una avenida en Miami, calculando el momento en que los autos dejaban de circular en una dirección para alcanzar el sardinel divisorio, donde aguardaba, con los cinco sentidos bien puestos, el descongestionamiento del tráfico del lado contrario. Para mí era normal cruzar a media calle, en el instante más seguro, sin pensar que lo correcto era llegar al final de una larguísima avenida, bella, hecha por manos divinas, tocar un botón que sí funcionaba y esperar a que saliera una figurita verde o unas letras mayúsculas y un sonidito agudo para indicarme que ya podía cruzar. WALK. ¿Cómo iba a imaginar todo eso si en el Perú la violencia nos dejó sin luz, con semáforos descompuestos y policías de tránsito duchos en venderse al mejor postor? Yo sabía correr por mi vida, olvidándome de mis ataques de asma durante los pocos segundos que me demoraba en cruzar una carretera, atento a que no me sorprendiera ningún conductor endemoniado. Y hubiera seguido luciendo mi sapiencia callejera, puesta a prueba en la ciudad que se jacta de tener el peor tráfico de todo el continente, si no fuera por el acuseta de Juan Mena.   


—¿A qué no sabes lo que hace tu sobrinito cuando le das permiso para irse caminando al centro comercial?


Lo quería matar. Compartíamos la sala de un apartamentito de dos dormitorios con otro primo al que recién había conocido, donde vivíamos siete u ocho peruchos, dependiendo de la semana o del momento en que aterrizaba alguien más de Lima. 


   —Corre como pollo sin cabeza, esquivando los carros frente a COSTCO. El otro día lo vi haciendo eso aquí nomás, pero hoy lo vi allá por La Carreta. Imagínate hasta dónde se va. Y seguro que cruza así por todas partes. Un día de estos te lo traen muerto o abollado. Ya verás.


   Mi tía América no dejaba de reírse, imaginándome en ese tránsito salvaje, como si estuviera en Lima. Y sólo entonces se dio cuenta que debía explicarme dos o tres detalles elementales para mantenerme vivo durante los treinta días que deambulé por Miami, con unas zapatillas Reebok de caña alta que siguieron siendo blancas por mucho tiempo. No como en Lima, donde se hubieran ensuciado en la primera salida.

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Fotografía: Archivo Polis

2.

Qué distinto era el mundo americano de aquel que había dejado atrás. Y más cuando llovía con furia, con truenos y relámpagos, inundando calles y autopistas, parando el tránsito. Los conductores disminuían entonces la velocidad. Todos al mismo tiempo, como por mandato divino. Se hacían a un lado ordenadamente para dejar pasar a una ambulancia. Y paraban al acercarse a un cruce peatonal, por si las moscas, aunque no hubiera nadie en esa intersección tratando de cruzar. 


Me costó meses, años, aprender a transitar en este mundo. 


En Lima, las veredas eran para los adultos y la gente mayor. Debía uno bajarse de ellas o hacerse a un lado cuando venía de la otra dirección una señora con sus bolsas del mercado, un anciano con su periódico debajo del brazo, una abuela con su bastón. Eso aprendíamos en las clases de Educación Cívica. Sólo en las grandes avenidas de la ciudad la gente transitaba a toda carrera. Por la derecha, por la izquierda. Pegados a un edificio, abriéndose espacio entre un grupito de escolares, codo a codo con oficinistas, secretarias, profesionales y vendedores ambulantes. 


Aquí no. Me tomó meses, años, aprender que los americanos caminan por la derecha. Siempre. Para no toparse jamás con otro transeúnte. Porque el golpecito contra otro cuerpo, el roce de dos codos al pasar, el momento en que una espalda toca otros hombros, sin quererlo, por supuesto, es para ellos una violación del espacio personal. Y entonces es necesario pedir disculpas a toda carrera, sin establecer ningún contacto visual con el agredido, como para salir del paso, qué vergüenza, por una torpeza que se hubiera podido evitar.

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3.

   —Puta madre. ¿No dijiste que sabías manejar? Bájate del carro, carajo, que casi nos matas a los dos. Y de esto ni una palabra a nadie. No vaya a ser que me metan presa por negligencia.


   Más que enojada, mi tía Inés se había quedado pálida del susto. Le temblaba la cara. No dejaba de decirme que había sido un imprudente. Y más ella, por animal, por darle las llaves de su carro a un mocoso de catorce años. 
Le había dicho justo al salir de casa que mi abuelo me había enseñado a manejar en Lima. Y ella me creyó. ¿Qué tan difícil podía ser pisar el acelerador o el freno para conducir su carro automático en las callecitas de Garden Grove, cuando recién llegué a California? Desde mi perspectiva de adolescente, eso era lo mismo que hacíamos con los carros chocones en las ferias de Lima, donde hundíamos el pie en el acelerador para que las naves eléctricas empezaran su marcha atolondrada. Y eso fue lo que hice. Pisé con ganas y en reversa para sacar su Hyundai blanco a la calle y casi nos estrellamos contra la casa de enfrente si ella no reacciona a tiempo, poniendo el freno de mano y mentándome la madre a toda velocidad.


   No se lo contamos a nadie, pero nos reíamos como locos cuando nos acordábamos del incidente. Y pensé en esa salida accidentada cuando tomé mi examen de manejo dos años después, en el Valle de San Fernando, en un Oldsmobile del 67 que me prestó un amigo cinco minutos antes de presentar mis documentos en el Departamento de Motores y Vehículos.


   Yo necesitaba sacar mi permiso de conducir para que pudiéramos ser más libres. Para no depender de los primos y los tíos cada vez que queríamos ir de compras. O para largarnos a la playa, a las montañas. Tomé mis clases teóricas de manejo en el high school y después hice mis prácticas en la calle, al mismo tiempo que mi mamá. Sólo que ella se moría de miedo y en nuestra primera salida al centro comercial dejó el carro tirado en un ALTO de la Avenida Owensmouth. No sabía si debía dejar pasar al conductor de la derecha. O al de la izquierda. No recordaba quién tenía el derecho de cruzar primero. Y al escuchar los primeros bocinazos, le dio un ataque de pánico y se bajó del carro en plena intersección.


   —Maneja tú, si quieres— me dijo acelerada—. Yo me largo.


   Aprendí a conducir así. A trancas y barrancas. En los carros que nos prestaban los primos, en el Toyota Corolla del 78 que compró mi mamá con sus primeros ahorros. Y en el Volkswagen Fox del 91, en el que mi abuelo intentó enseñarme a lo largo de un mes, y a punta de gritos, los mecanismos arcanos del embrague y la caja de cambios, hasta que mi abuela nos salvó de una ruptura familiar, pagándome dos clases particulares con un profesional.

He vagado mucho desde entonces. A veces en la dirección correcta y otras veces en contra del tráfico. Esquivando tormentas de hielo. En medio de la nieve. Sin aire acondicionado desde el norte de California hasta las playas de Rosarito y Ensenada, en pleno verano. Por las montañas Apalaches, junto a las cataratas del Niágara. En ciudades grandes y pequeñas. En pueblitos perdidos en medio de la nada.


Jamás adiviné que algún día cruzaría los Estados Unidos en una RAV4, plateada como una nave espacial, que sacaría mi licencia de conducir en dos estados distintos, y que mi destino sería rodar y rodar, sin quedarme en ninguna parte.


Después de todo este tiempo, he aprendido las leyes del tránsito, pero no siempre sé transitar en este mundo. 


Ya no me choco con la gente por caminar en el lado incorrecto de las aceras. Cruzo las calles en las esquinas, cuando la señal del semáforo me lo indica. Y si estoy detrás del volante cedo el paso a los transeúntes, me mantengo por debajo del límite de velocidad. Si voy a cambiarme de carril, utilizo las luces direccionales. Y miro por encima de mi hombro derecho o izquierdo antes de hacerlo, como aprendí en mis clases de manejo a los dieciséis años, por si hay un auto en el punto ciego, indetectable en los espejos laterales o en el retrovisor.  


Pero no sé nada del espacio personal, o qué tanto debo acercarme al prójimo en el trabajo, en el salón de clases, en una situación social. 


—Aquí no hace falta que nos saludes de beso y abrazo—me aclaró una compañera española hace años, en mi primer empleo universitario. 


Desde entonces, guardo la distancia, aunque para mí no sea natural. Los abrazos han quedado reservados para ocasiones especiales. También la confianza de hablar con alguien tocándole el hombro, el brazo, la mano, de manera instintiva, para establecer una conexión personal.


Y cuando empiezo a sentir que ya sé todo de ellos, de su mundo, de sus calles y códigos de conducta, alguien me recuerda que no es cierto.


Hace poco, en una farmacia, una señora mayor me pidió que me apartara dos pasos de ella, porque estaba invadiendo su espacio personal. Y a la semana siguiente una mujer joven me hizo un escándalo en un supermercado porque extendí mi brazo por encima de su cabeza para agarrar un litro de leche.


Me consuelo pensando que la vieja y la joven son unas racistas. Que me trataron así, como tantas otras personas a lo largo de estos años, no tanto por el espacio “invadido” sino por ser quién soy en un mundo donde nunca seré como ellas y ellos.


Pienso en mi abuelo que tanto los admiraba desde lejos, por su orden, por su limpieza, por respetar las leyes del tránsito. Y me imagino que otra vez estamos juntos en su carcocha del año 75, desmantelada de nueva cuenta. Me siento a su derecha y lo veo hacerse paso en el tráfico infernal de Lima, manejando a la defensiva, diciendo que estamos en pañales, carajo. Nada que ver con la pulcritud de los americanos.


Nos reímos a carcajadas, burlándonos del tiempo ingrato. Y como nos dejaron sin radio en el último robo, cantamos a todo pulmón, felices de compartir ese espacio: 


En el auto de papá nos iremos a pasear… vamos de paseo, pipipí, en un auto feo, pipipí, pero no me importa, pipipí, porque llevo torta, pipipí.

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4.

Lima (es) como (un) Oxímoron
Por: Raúl Soto

1. Tenía doce años cuando deambulé por primera vez —solo y de noche— por el centro de Lima. Y no era la primera vez que viajaba de Ica a la capital, ya que algunos veranos visitaba a mi abuela materna en el Rímac. La primera vez que disfruté —solo y de noche — el centro de Lima fue cuando acompañé al chofer de nuestra camioneta, que viajaba diariamente para recoger los periódicos. Cuando llegamos ya anochecía. Fidel Astorga guardó la camioneta en la oficina de Ica Express, en un corralón del jirón Sandia y fuimos a cenar a la pollería de un nisei ubicada a la vuelta, en la avenida Abancay. Esa fue otra experiencia nueva para mí porque los Yamashiro aún no vendían pollos a la brasa en su restaurante iqueño. Después, Fidel me indicó cómo llegar a La Colmena y se acostó para dormir un rato. Saliendo del corralón subí por Sandia hasta la esquina del jirón Bambas y doblé a la izquierda. Recorrí a oscuras la calle larga que bordeaba la espalda de mi futura Alma Mater y llegando a Azángaro doblé a la derecha. Pasé por el Salón Blanco, restaurante donde se reunían los sanmarquinos que asistían a La Casona hasta inicios de los 1960 y que frecuentaría años después con los poetas Víctor Mazzi, Jorge Bacacorzo y Julio Carmona. Cuando desemboqué en el Parque Universitario todo se aclaró y pude apreciar la torre del reloj y el imponente edificio del Ministerio de Educación. Doblé a la izquierda en La Colmena y quedé deslumbrado por la claridad y las luces de neón que refulgían a lo largo de toda la avenida. Pasé sin saberlo por la cantina Chino-Chino —según dicen bautizada así por el pintor Pancho Izquierdo— y al frente, supongo que vi el legendario Palermo. 

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Fotografía: Archivo Polis

Muchos peatones transitaban en La Colmena. Por vez primera sentí que estaba en una gran ciudad y seguí hasta llegar a la plaza San Martín. El bullicio se intensificó debido a la gente que fluía del jirón de La Unión para abordar los colectivos a Miraflores y El Callao: los tranvías ya habían desaparecido. El hotel Bolívar estaba todo iluminado, así como los tres cines que flanqueaban la plaza. Mientras caminaba por La Colmena las luces vibrantes se intensificaron. Me detuve en la avenida Tacna ya que no me atreví a seguir hasta la plaza Dos de Mayo. Ahora puedo afirmar que en ese instante disfruté de lo aparente, de un espacio arquitectónico ostentoso, escenográfico. No de Lima la horrible —la arcadia colonial, para usar la metáfora de Sebastián Salazar Bondy— sino de la Lima moderna. De ese espacio reconstruido por Leguía en 1921, para celebrar el centenario de la independencia peruana. Tampoco de la Lima pintada para la posteridad por Humareda, Izquierdo, Polanco y Portuguez. Esa Lima estática, pero de una belleza particular, y capaz de producir sentimientos contradictorios: o sea, lo sublime. Esa categoría fue formulada antes que Kant por el angloirlandés Edmund Burke, de acuerdo con Jean-François Lyotard. Sin duda esa caminata nocturna por La Colmena quedó en mi subconsciente y motivó mi deambular por el Centro Histórico, los Barrios Altos y el Rímac cuando me mudé a Lima en 1974. Esa Lima donde se refugió Martín Adán para realizar su travesía de extrabares —según el inigualable Gregorio Martínez— escapando el bucólico Barranco de La casa de cartón. La Lima de la casona republicana, ubicada en la cuadra seis del jirón Camaná y ahora demolida, en cuyo zaguán abrí una librería de viejo con Víctor Mazzi en 1977 y donde nos visitaba mi otro amigo Víctor, el trashumante Humareda.

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Fotografía: Archivo Polis

2. En Lima no se siente la energía que transmite el Cusco o Manhattan. La capital peruana te produce más bien cierta exultación y ansiedad, exaltación y melancolía. Esos sentimientos contradictorios de lo sublime descritos por Lyotard, basándose en los conceptos formulados por Burke y Kant. Y esas son las nociones que usa Patricia Ciriani en Lima la sublime. Apuntes para una ciudad caníbal (Lima: EDUNI, 2021). El oxímoron del título es preciso, si obviamos el artículo: Lima sublime refleja las contradicciones señaladas por Lyotard. A ellas debemos agregar el placer y el dolor que nos causa Lima. Sí, en la megalópolis caótica del Sur Global se sufre, pero también se goza. “Lima la sublime” es la antítesis del epíteto “Lima la horrible” de César Moro. Aunque esta es la connotación precisa del libro de Sebastián Salazar Bondy. “Lima la horrible” se refiere a la Lima oligárquica, a la arcadia colonial de la extinguida aristocracia capitalina. La racista y de “la risita limeña” (dice Vallejo). La pasiva y desapasionada. La chismosa y de las famosas bolas. En fin, la pacata, huachafa y cucufata. Salazar Bondy enfoca su ensayo en los mecanismos de dominación ideológica de la oligarquía limeña. Crítica ineludible en 1964, año de su publicación, cuando la sociedad peruana estaba en un punto de quiebre que alcanzaría momentum cuatro años después, con el golpe militar del autodenominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Aunque Ciriani cae en un anacronismo cuando califica el título del libro de Salazar Bondy como «una exageración y una injusticia» debido a un supuesto “paternalismo”. 


Lima la sublime y Lima la horrible guardan una distancia de seis décadas. En el ínterin, la antigua capital virreinal ha estallado espacial y demográficamente, convirtiéndose en una megalópolis. Por ello era necesario un estudio sobre la Lima de hoy. 

Fotografía: Archivo Polis

3. “Sublime, cruel y nómada: Learning from Lima” es el ensayo más extenso de Ciriani, pero no lo suficiente para desarrollar algunas hipótesis que se quedan flotando en la imaginación del lector. Por ejemplo, cuando menciona el teatro de la crueldad de Artaud —refiriéndose a lo cotidiano callejero— nos quedamos en pindinga por saber cómo funciona esta dinámica de lo cruel y lo caníbal entre los habitantes heterogéneos de Lima. En cambio, Ciriani subvierte «la noción kantiana de lo sublime» al «introducir un criterio de inteligibilidad» para entender Lima. Rompiendo con las nociones nordcentristas e idealistas de lo determinado, propone que la capital peruana —provisional, caótica e irracional para los cánones de la cultura occidental— vive en un presente absoluto. Yo prefiero llamarlo continuo. Entonces, Lima vendría a ser una construcción incesante —y no la renovación cíclica de las metrópolis del Norte Global capitalista— que sucede en el aquí y el ahora gracias a la migración interna, mayoritariamente andina. Esa sería la causa principal del sentimiento de lo sublime que viven sus habitantes: la ansiedad y el dolor del presente que está sucediendo, mezclados con cierta exaltación y por qué no, cierto placer (¿masoquista?, no sé). Para Burke la sensación de lo sublime es producto de la mezcla del terror que algo no suceda con el placer que produce dicha amenaza (precisa Lyotard, cuando conjetura que Kant saqueó las ideas fundamentales de Burke). 

Fotografía: Archivo Polis

Por otro lado, Ciriani menciona la carencia de un ícono representativo de Lima. El cerro San Cristóbal, por ejemplo, no puede compararse con la fortaleza de Sacsayhuamán en el Cusco. Y contradiciéndose, lamenta la remoción de la estatua de Pizarro de una esquina de la Plaza de Armas, calificándola como un «atentado a la capital del virreinato». Es necesario precisar que la estatua no fue cancelada sino reubicada en 2003. Dos años antes, Juan Javier Salazar —emulando las instalaciones ambientales de Christo y Jeanne-Claude— cubrió la estatua de Pizarro transitoriamente. Salazar usó una tela estampada con muros incas, que tuvo el simbolismo fugaz de reivindicar la visión de los vencidos. Ciriani también contradice la crítica ideológica de Salazar Bondi de la Arcadia Colonial cuando exalta «la herencia muy potente del virreinato. Una herencia que buscó legitimarse en la República pero que no lo logró a pesar de sus intentos».


4. La propuesta principal de Ciriani se refiere a la otra Lima y usa una metáfora: Lima de las laderas. Es la Lima desbordada, la de los migrantes de la primera expansión fuera del casco urbano cuando ocuparon los cerros San Cristóbal y San Cosme. La Lima que ahora constituye la mayor extensión geográfica de nuestra capital desértica, desde Puente de Piedra hasta Lurín. Así, Ciriani propone «acoger el caos urbano como el futuro orgánico» y «el arte puede ser un camino para generar un sentido de comunidad participativa». Aquí, Ciriani apela al sentido de comunidad y cooperación del mundo andino, de la mayoría de los migrantes que pueblan Lima, incluyendo a los limeños. Y concuerdo, un arte nacional-popular es la mejor manera de lograrlo, coloreando los cerros y médanos del dominante paisaje gris limeño. Víctor Humareda fue un pionero al pintar el Cerro San Cosme usando los ocres y las tierras característicos de su primer periodo y ahora la Lima de las laderas necesita una explosión de colores complementarios, como la del segundo periodo del pintor nacido en Lampa, pero limeño por antonomasia.


“Toda ciudad es un destino porque es, en principio, una utopía, y Lima no escapa a la regla”, escribió Sebastián Salazar Bondy en 1964. Y lo sigue siendo.

Una ciudad que quiere mirar al mar, aunque no lo ve suficiente
Guapa descuidada pretenciosa y chicha. Múltiple, bullente, conflictiva, única en su desafiante diversidad, Lima.
Por: Sonia Luz Carrillo​

 

Se me pide que hable de mi ciudad y sinceramente no sé por dónde empezar. Una primera idea es que no es UNA ciudad. Si miro bien, diviso un archipiélago en medio de un extenso desierto. Islas en contacto, a veces medianamente pacífico, generalmente marcado por el conflicto.

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Fotografía: Archivo Polis

No es fácil encontrar las palabras para describir un espacio que alberga a más de 10 millones de habitantes, la inmensa mayoría llegados de todos los lugares de la patria, atraídos por las luces de la ciudad o arrojados por la violencia de las estructuras; imantados por el afán de progreso; expulsados por el centralismo y la corrupción; huyendo de un futuro sin oportunidades… cargando muchas veces con toda su fascinación, anhelos y tristezas a la punta de los cerros o a los arenales inhóspitos, y ya abigarrados. A la intensa migración interna de mediados del siglo pasado, se ha sumado en este siglo XXI, haciendo más compleja la situación, la masiva presencia de agobiados desplazados venezolanos y de otras nacionalidades convocados por la noticia de la “buena” situación económica peruana respecto a otras naciones de la región y a decisiones políticas que no analizaré aquí.

Quiero dar, dentro de lo posible, un retrato cercano de mi ciudad. Y no le sería fiel si dejo de mencionar su belleza. Sí, Lima es bella, una guapa que, pese a los años, luce huellas de esplendor en su antiguo Centro Histórico, muestras de un pasado en el que la circunstancia histórica, la hizo por casi trescientos años, cabeza de un extenso y rico  virreinato, cofre de bellezas del Barroco Hispanoamericano. Posteriormente, etapas de  bonanza republicana, permitieron joyas arquitectónicas por las que Lima es ciudad   Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1991.

En ese aspecto, no se puede dejar de referir los actuales rasgos de concentrada  opulencia en barrios en los que el metro cuadrado puede costar alrededor de 2,500 dólares. Lugares exclusivos, con lagunas artificiales y bellos parajes verdes, decenas de habitaciones; espacios urbanos con negocios y servicios que compiten con éxito con los de cualquier país del ‘primer mundo’. Predios y construcciones fruto de inversiones millonarias en desiertos. Barrios protegidos por mallas, vigilantes, cámaras, etc., donde los que no son propietarios o allegados a estos, solo pueden acceder si son trabajadores, jardineros, mucamas, choferes, etc.

Y si quiero ser justa con mi ciudad tengo que hablar del mar en el que nos miramos propios y visitantes con innegable admiración. Costa que, desmintiendo el mito de ciudad gris, nos regala por lo menos en seis o siete meses al año, magníficas caídas de sol en el Pacífico en atardeceres multicolores. También de algunos barrios mesocráticos con amables parques y espacios para el encuentro de lo diverso en esta ciudad no solo llena de templos católicos de múltiples características sino también de santos dando nombre a distritos y barrios. Ejemplo, tenemos aquí desde San Juan de Lurigancho (el distrito más poblado de la ciudad y con sectores de mucha pobreza) hasta el cuidado y exclusivo San Isidro; desde Santa Anita en Lima Este, hasta San Miguel cerca de la costa; de Jesús María a San Luis; de San Borja a San Martín de Porres y etcétera.

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Fotografía: Archivo Polis

Ciudad vibrante con pieles de todos los colores, ciudad de tránsito enloquecido por vehículos de todas las edades en pistas desbordadas y conductores que muchas veces hacen dudar de que hayan obtenido su licencia en buena ley. Desempleo disimulado por economía sumergida, informalidad; feroces ejemplos de transgresiones e impunidad desde los poderes públicos pasan la factura en la vida cotidiana. Inseguridad ciudadana, reportada como una de las más sentidas dificultades de una ciudad que soporta variadas formas de violencia. Y ruido, aunque hay zonas en las que se puede disfrutar de algo de silencio, se expande el ruido y lo que es peor, se fomenta.  El ejemplo más claro lo tenemos en las campañas políticas en elecciones. La ciudad se infierniza en esas ocasiones por las arengas violentas que incrementan la contaminación sonora.

Lugar de larga historia, espacio de acogida y fructificación de muchos anhelos. Arte, mucha actividad artística, las más de las veces esforzada y de poca difusión en los llamados “grandes medios” donde solo aparece un pequeño y conveniente número de elegidos. Y sin embargo, existe; sin embargo se mueve. Literatura, artes escénicas, música, etc., dan carácter a nuestras comunes vivencias.

Y pese a todo lo que aún nos astilla los ojos, pese a su extendido y plural racismo, los que habitamos aquí, en las distintas capas medias y los sectores con más carencias, sabemos de solidaridad y acogida; sabemos “darnos las manos” especialmente en las etapas más duras, donde come uno pueden comer dos. Y somos trabajadores, esforzados trabajadores; todavía tenemos sentido de familia. Y abrimos las puertas de la casa no solo a los parientes.

Atardece en una de las grandes y colmadas avenidas de Lima Metropolitana, suenan todos los altavoces imaginables ofreciendo una gama inimaginable de productos - todas las voces, todas - a las que se suman los parlantes enloquecidos de las tiendas y las bocinas de automóviles y buses en lentísima, lentísima, procesión… yo absorta, pienso en las musarañas, tratando de entender todo de ese TODO, mirando de rato en rato los carteles con sonrientes personajes, en esta inmensa, vibrante ciudad de más de diez millones de prójimos, variadísimos, llegados de todos los lugares de la patria. Mi ciudad.

Ciudades Intraterrenas

Por: Mónica María del Valle

Una amiga pronuncia la frase “ciudades intraterrenas”. La noción me afiebra la mente hasta que noto el espejismo. No alude, como pensé, a la multitud de calles, paredes, hornos, vasijas y numerosos cacharros de arcilla, barro, porcelana, loza... fabricados por pueblos pasados y que palpitan en el subsuelo de casi cualquier lugar por donde transitamos. Pero ya el sentido de la frase ha sido renovado singularmente y convoca este recorrido.

El paso de un cachito de plato al utensilio entero o de un trozo de fachada al edificio completo que albergó a doncellas y sacerdotes requiere, es cierto, la imaginación fundada de los arqueólogos. Pero aunque en esa ecuación de reconstrucción e invención la proporción de fantasía pueda ser elevada —y basta para sospecharlo llegar a un sitio arqueológico cuando todavía no es la deslumbrante ciudad de Chichén Itzá, sino un cúmulo alto y ancho de fragmentos numerados—,  debemos tener confianza en la fuerza del pasado para atravesar el tiempo. Algo así como esos experimentos de Adam Thirlwell donde se prueba que las obras literarias poseen una fuerza superior a los ires, venires, deseos, ideales, carencias y excesos de la traducción. O tal vez no tengamos que creer nada, y sea suficiente con atender a la pasmosa  resistencia de la arcilla.

Con el paralelo entre varias exhibiciones de artefactos de arcilla, de distinto prestigio y reconocimiento, los apartados de este ensayo hilvanan una inquietud sobre la humildad y la aparente fragilidad de ese material para cifrar y retener una historia popular y cotidiana. De fondo, estos apartados y sus imágenes sondean si la prestancia del oro como material nos habrá ofuscado para apreciar la fuerza de la arcilla para hablar de gran parte de la vida de ciudades y pueblos pretéritos que aún reposan bajo tierra.

Museo arqueológico de Fráncfort. Exposición sobre los misterios mitraicos © Mónica del Valle

I


El museo arqueológico de Fráncfort del Meno ocupa toda la base de un antiguo monasterio carmelita, golpeado por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El recorrido por los momentos preparados para el visitante puede tardar dos horas, incluso si no se presta mucha atención a las cartelas. Vamos del fascinante culto mitraico —con sus falos bovinos alados— hasta los jarroncitos griegos o persas; desde el barro cocido hasta la cerámica decorada con esmero y delicadeza. Pasamos por columnas pétreas de templos, escenificaciones del santuario mitreo, altares para lares del hogar, y por la simulación de una tienda de campaña romana, incluida la estatua siliconada de un legionario en su atavío militar, con máscara leonina dorada, capa carmesí, y aprisionados en las cáligas unos dedos gordos difíciles de obviar, con tierra bajo las uñas. En su totalidad, la semblanza de un iniciado en los misterios de Mitra.

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La cronología a que nos invita este montaje arqueológico despliega en el tiempo y el espacio los estratos incidentales que fueron dando lugar a Fráncfort del Meno a partir del sitio de Nida, provincia fronteriza en la cordillera del Taunus. Ese es uno de los sustratos materiales y míticos sobre los que se apoya esta ciudad volcada al agua o, dicho con propiedad: parida por ella, como otros enclaves  en una ruta imperial romana. De ese trasegar queda un testigo en la toponimia en alemán: bad/baño: Rebstockbad, Baden-Baden... lugares que fueron termas, piscinas, cuerpos de agua que con toda lógica imantaron los movimientos de exploración y asentamiento militar inicial. A estas rutas se yuxtapondrá después la peregrinación de gente inglesa que desplazó al mitraísmo forzando o auspiciando la conversión al cristianismo, con lo que naturalmente entra a la historia el actual local del Museo, aunque su emplazamiento inicial no fuera este cenobio. 


Al dejar la enorme sala de exhibición y la pequeña sala del segundo piso, con sus vitrinas exclusivas para la cerámica de otros reinos, la impresión más viva en uno no proviene de lo extraordinario de estas avanzadas que cubren extensiones inverosímiles en los mapas, sino de la versatilidad y resistencia de la arcilla. Del oro y la plata, e incluso del cuero, hay allí nada más que unos bajorrelieves diminutos de los misterios paganos. Pero de barro... ¡vaya! ¡Cazuelas, platos, tazones, perfumeros, marmitas, jarrones, jofainas, bandejas, fogones, cántaros grandes y chiquitos, muñecas, adobes, pilastras y mascarones! Moldeable y resistente a la vez, el barro brinda la dureza para el piso, la obediencia y abundancia para los mosaicos, la gracia para un rodillo de estampación, y la ilusión de parecer ubicuo e inextinguible, como si pudiera aparecer donde el agua y la tierra se junten. La terracota parece ser una compañía muy hecha a lo humano; un animal doméstico: presencia buena y bella, omnipresente, tierna, protectora, acogedora del cocido y también de nuestros propios huesos. 

Afuera de estas paredes gordas, con cicatrices de guerra, un jardín conventual con flores humildes insinúa la vida del barro joven, crudo, oloroso, todavía silvestre. Es curioso: los museos de lo arcilloso parecen tener todos parterres, arriates, macizos, a modo tal vez de reminiscencia del origen matérico de sus artefactos. 

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Detalle y Figura del Museo Comunitario de San Jacinto

© Mónica del Valle

El Museo Comunitario de San Jacinto, en el departamento de Bolívar, es relativamente joven: abrió sus puertas recién en 1984. Pero vive en una antigua casa esquinera que funcionó como alcaldía. Si llegas al corazón del pueblo tras una caminada bajo la canícula desde la entrada, al pie de la carretera, el Museo te recibe con un par de bancos bajo el fresco apetecible de unos árboles. Las exhibiciones se ajustan a las posibilidades que permite una casa: tres o cuatro salas constituyen todo lo que hay para ver. Pero eso es inmenso, pues Los Montes de María  han vivido los desastres de una guerra sin bombarderos, pero de efectos igualmente letales sobre el paisaje, las poblaciones y su historia. 

El  recorrido inicia con una maqueta donde se conjetura la vida diaria de los malibúes, antiguos habitantes de esta tierra sembrada de ciénagas. Contemplamos la distribución de sus viviendas, su uso anfibio de las aguas, la relación de los cultivos. El último cuarto nos acerca a la alcoba típica, los instrumentos y las andanzas de los proverbiales Corraleros de Majagual, ese pueblo cercano. En el espacio intermedio, el tiempo en apariencia pretérito de los ancestrales indígenas se muestra vivo y actual en las  técnicas practicadas por fabricantes de hamacas y chinchorros, gaitas y flautas de millo y, aun, en las luchas de los campesinos de la región. Entretanto, uno que otro zancudo rey de su casa de tapia ensaya el aterrizaje en la carne fresca y a veces tiene éxito. La visita culmina en el corazón de esta casa-museo, que es un pequeño jardín, con fuente seca, donde unas maticas frágiles en apariencia salen vivas día tras día de la batalla con el sol.  

A excepción de unas cuantas piezas que parecen milagros arrancados a quién sabe qué rapiña del oro, las piezas del Museo Comunitario de San Jacinto son de barro. Desnudo. Al principio, fueron campesinos quienes hallaron los artefactos, y luego se sumó el trabajo de jóvenes voluntarios y, más tarde, de excavadores formados para esta faena. La colección alcanza las 8000 piezas, y entre ellas se encuentra una de hace 6000 años, ¡la más antigua de este lado del mundo! Los objetos son terracotas sencillas, que atraen el ojo no por una superficie pintada, sino por algún gesto, como el puchero en los labios de una múcura antropomorfa. Hay toques finos en estos cuerpos. Y se les presiente también algo de humor. Al entrar al Museo, en una esquina, hay una vasija inmensa capaz de albergar un galón de agua o más, y en sus bordes, un detalle decorativo que quizás soñé: una lagartija extiende las patas delgaditas abrazando la boca del recipiente y apoya allí la cabeza como en estado de somnolencia. En esta sala, el barro alcanza para hablar de lo humano, lo animal y lo divino. ¡Cómo olvidar ese pajarito de seguro figurado, que lleva en vuelo a un felino de ojos avizores, tal vez la encarnación de un sabio visionario?

De vuelta en la calle, se me aparece mentalmente el fantasma del turista que ha pasado por el Museo del Oro en Bogotá y me convenzo de que este museo de provincia le parecería precario. El barro no resplandece, no ofusca el ojo. Las piezas expuestas son pocas. Las hamacas y la música pueden sonar a harina de otro costal. Pero es que las cosas de uso diario nos resultan tan familiares que ni su fabricación ni su supervivencia parecen dignas de sorpresa o atención, y menos de un museo. Son dos caras de la moneda este Museo y su mellizo oculto, el del Oro (aunque la duplicidad que apunto ya haga parte visible de este último, es cierto). No sólo contrastan en renombre. También, las piezas de arcilla constituyen sin duda el otro lado de la historia colonial: ni perseguidas (salvo si resguardaban guacas) ni deseadas, siguieron viviendo ahí en paralelo, presenciando el saqueo y la llamada fiebre del oro. Y después, a dormir bajo tierra, enteras o en pedacitos. 

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Exposición de cerámica coreana en el Museo del Oro de Bogotá

© Mónica del Valle

III


En el 2022 se presentó en el Museo del Oro de Bogotá una exposición de cerámicas provenientes del Museo Nacional de Corea del Sur. Había allí vajillas, teteras, jarras con forma de berenjena o de bambú, estelas funerarias diminutas, compañeros para el Más Allá. Con todo esto se componía una muestra de las distintas escuelas de ceramistas de varias dinastías, desde Joseon hasta artistas contemporáneos. El hilo secreto de la exhibición, por ser el culmen del arte y la belleza, eran varios de los afamados jarrones-luna, un tipo de recipiente globoso, de porcelana, compuesto al unir dos mitades fabricadas por separado. Esta unión les deja en medio un sutil cinturón, y una giba casi imperceptible. Por su blancura sin adornos y por esta giba, son lunares. Elegantes detonantes de la meditación.

Fue adecuado que la muestra ocupara una de las salas temporales, en el sótano del Museo, un detalle que me engendró dos resonancias, por pensar el tiempo como una acumulación en lo vertical. Una: la proximidad entre la arcilla y el suelo. Otra: el enraizamiento de una tradición milenaria, desde antiquísimos jarrones de placenta (recipientes para el ombligo y la placenta de cortesanos), hasta jarrones-luna en nuestros días. Esta exposición hacía evidente la continuidad y el peso de una historia artesanal y realzaba el valor social de unos objetos cotidianos, aunque solo lo fueran entre la nobleza. Si había tiestos remendados entre estos, no se notaba. Al salir, gravitaba en mí este pensamiento melancólico: si no hubiéramos vivido el expolio áurico del que los pisos altos eran remembranza, ¿acaso nuestro museo impactante sería uno del barro?

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Huaco erótico Museo Larco, Lima.

© Infobae

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Artesanía panameña, de mercado artesanal

© Mónica del Valle

IV


Aun los no conocedores del Mircea Eliade de Herreros y alquimistas comprenden por qué los metalurgos se volvieron indispensables para las sociedades. Como guardianes de la alquimia, dominaron el preciado elemento del fuego y, por consiguiente, la misteriosa —por metamorfoseable— materia de los metales. De su trabajo resultaron no solo monedas duraderas, sino también —igual de importantes— las hojas de las espadas. Y aunque para ser moneda y espada el metal debiera primero pasar por un horno de arcilla, al final metal mata piedra, como quien dice. Metalurgo mata alfarero. 

Pero en estos museos el barro es tan verdadera y asombrosamente versátil (hasta se deja coser por los arqueólogos) que uno termina rindiéndose a la humildad del alfarero que puede nutrir el polvo con agua, crear una forma, extraerle la humedad de nuevo al material y brindar una múcura capaz de apresar el agua en sí y mantenerla fresca. El que prevé las melodías de una ocarina. El que amasando una bolita de tierra moldea un perfumero y le pinta caballos por fuera, insinuando así el embrujo animal en la seducción. El que, si se precisa, vuelve tan dura la arcilla que puede proporcionar el “empedrado” de una calle. El que detiene en tres dimensiones la escena de una felación, antigua y aún cotidiana en las ciudades secretas de la intimidad.

V


Uno que entendió el sentido y la belleza de las obras arcillosas de cuño popular fue Jacques van de Beuque, que llegó a Brasil huyendo de la devastación mental de la guerra, y que durante tres décadas coleccionó pequeñas piezas, ahora visibles como un tesoro infinito en el Museo Casa do Pontal en Rio de Janeiro. Allí, cuarto tras cuarto, nos muestran cientos de escenas comunes: un dentista en acción, un cortejo fúnebre, la faena de un chofer, un monstruo, una escena de trance espiritual... De la tienda de ese museo salió mi “magrelinha”, una muchacha delicada, de cuerpo cilíndrico, enfundada en amarillo, que no sabríamos caracterizar como indecisa o tímida, cuyos ojos van a tono con una sonrisa diminuta. Junto a mi escritorio, a veces parece susurrar una canción, decir una plegaria; a veces, solo pasar a saludar.  

No recuerdo museos nuestros del barro donde se pueda adquirir una réplica de una pieza en formato portable, bien hecha, a mano. Ni siquiera en el de Fráncfort del Meno venden uno de esos itifálicos voladores que yo habría comprado sin dudar. Es la gente del común la que parece notar lo genuino, lo curioso, lo humorístico de esas cosas, y vende duplicados por ahí en los alrededores de los museos. Por amigos, entiendo que en otras latitudes sí puede uno comprarse un platico imitación de un disco griego con pintura negra. No recuerdo tampoco muchos objetos museísticos de metal que tengan la lúdica y el humor que he visto en numerosos cacharros de arcilla. Puede ser que el metal sea inasequible e inaccesible y que no tenga mucho sentido usarlo en cosas banales, que sea preciso reservarlo para lo sagrado o lo invencible. Mientras que la arcilla parece fácil de encontrar, económica, con lo que puede el artista permitirse un chascarrillo, y ponerse a hacer una estatuilla de 3 centímetros donde, sonriendo, estatiza al cachorro doméstico blanco con manchas, que viene con gesto juguetón a regalarle una lagartija atravesada en su hocico. 


No están bajo tierra, estas ciudades. Como atestigua tanto la colección  del Museo Casa do Pontal como todo lo que he evocado en estas líneas. Cada uno de estos objetos configura el doble silencioso de nuestro diario vivir; dice quiénes somos en humor, en sueños, en visiones, en quehaceres, en costumbres públicas y privadas.

VI


Informan recientemente en las noticias que en las excavaciones preparatorias para la construcción del Metro en Bogotá en la sección de la Caracas al sur se recolectaron cien mil piezas arqueológicas.  Bajo cualquier parámetro, cien mil es una cifra astronómica. Cien mil trozos de objetos que alguna vez fueron de uso en una ciudad de otro tiempo ahora bajo nuestros pies, una ciudad intraterrena. ¿Qué sabríamos en conjunto si sistemáticamente viéramos lado a lado los museos de los metales que incitaron el saqueo y los de las miles de ciudades de barro plegadas bajo el suelo? ¿Si además de pensar en la riqueza pretérita pensáramos en la cotidianidad? ¿Será que aflora en 200 o 400 años bajo los dientes de una excavadora aunque sea la mitad de ese plato que tanto me gusta, donde el tenedor va dejando al descubierto con cada bocado que se lleva la tórtola alerta pintada en el Carmen de Viboral? ¿Y la trompa de la tetera roja, ese presente de un amigo? Si no es así, ojalá los ciudadanos de algún futuro puedan al menos contemplar intacta, en un siglo o más, la presencia encantada que me acompaña sosegada desde el estante.

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Foto: Mónica del Valle ©

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“Recibiendo el santo”, obra de Zezinho de Tracunháem
(Pernambuco), en el catálogo del Museu Casa do Pontal, Caminos del arte popular brasileño, 2011

Zaragoza NO se rinde

Por: Israel Pérez Medina

Cervantes decidió cerrar su primera parte de El Quijote con el anuncio por parte del protagonista de un tercer viaje con destino a Zaragoza. Fue en ese preciso momento, después de leer el nombre de mi ciudad, la que me vio crecer pero no nacer, que pensé: ¿Pasó don Quijote por Zaragoza? Un español medio aunque no se haya leído El Quijote tiene conocimiento sobre ciertos pasajes de sus aventuras y recita, de oídas, con orgullo patrio la icónica frase con la que empieza el libro pero, un “maño”, de nacimiento o acogida, debería saber si don Quijote pasó por Zaragoza. Tras una pequeña investigación descubrí que Cervantes cambió de idea para evitar que don Quijote coincidiera con “el Quijote apócrifo” y en su desvío, don Quijote acabó en Barcelona.

Me dejé llevar, una de tantas, y me puse a pensar qué hubiera pasado si don Quijote y la pluma afilada de Cervantes hubieran llegado a Zaragoza. Me lo imagino entrando por la extinta puerta de Toledo, que marcaba el límite oeste de la ciudad, cerca de la actual calle Manifestación. Una puerta que fue testigo silencioso de las diferentes oleadas culturales que han modelado a la ciudad. Bajo ocupación árabe fue conocida como La Puerta Bal al-yanud, la entrada de las visitas oficiales al castillo de la Aljafería, la misma que en la época romana daba acceso a la calle Kardus, la arteria que cruzaba de este a oeste cuando la ciudad se conocía bajo el nombre de Cesaraugusta. 

Fotografía: Archivo Polis

Como no podía ser de otra manera, don Quijote tuvo que pasar obligatoriamente por mi barrio, el de San Pablo o más conocido por los lugareños como el barrio de El Gancho, un sobrenombre que data de 1118 cuando era necesario el uso de la hoz para quitar la maleza en la romería anual a la ermita de San Blas.  No me cabe ni la más remota duda que un Sancho Panza famélico le recomendó a su merced ir directamente a la plaza del mercado, adjunta a la puerta de Toledo, para abastecerse de viandas tras un largo viaje. Un barrio floreciente conocido como la huerta de Zaragoza en aquel tiempo y que ahora da acogida a los inmigrantes a la espera inevitable de la gentrificación. Una ubicación que parecía inmutable, cuyas eternas murallas romanas desde el siglo II han visto pasar el tiempo desde que Pedro II en 1210 designara ese espacio para la venta de grano y que solo el capitalismo y la globalización han conseguido reconvertirlo en un espacio híbrido a mitad de camino entre mercado y “food court”.  


Hay que esperar hasta 1873 para, esta vez sí, encontrar a mi barrio como localización real de uno de los libros canónicos de la literatura española, la sexta novela de los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Una novela histórica ambientada en la Guerra de la Independencia donde a través de la relación amorosa entre los dos personajes tan protagonistas como ficticios se da cuenta de uno de los eventos más sangrientos de la ciudad, Los Sitios de Zaragoza. La casualidad quiso que el personaje de Agustina de Aragón, disparara un cañón para proteger otra de las puertas extintas de entrada de la ciudad, la del Portillo y así frenar el avance de los franceses. Situada cerca de la actual iglesia del Portillo, centro neurálgico de mi juventud, ahora descansa en una plaza colindante una estatua de su persona mientras los niños juegan al fútbol alrededor suyo y los adultos que se atreven a levantar la mirada del móvil la contemplan mientras esperan el autobús. La ironía de esta historia es que la novela de Galdós solo le dedica una mención a esta mujer también conocida como “La artillera” pero su fama a mitad de camino entre el mito y la leyenda perduró en el tiempo hasta convertirse en ícono ya no solo de la ciudad sino de toda la comunidad autónoma. Otros personajes históricos con más peso en la novela y posiblemente en la defensa de la ciudad como Manuela Sancho y el padre Boggiero no corrieron tanta suerte y su recuerdo quedó limitado a nombres de sendas calles por las cuales circulan miles de personas al día sin saber a ciencia cierta quiénes son o qué hicieron para merecer tal honor.

Fotografía: Archivo Israel Pérez Medina

A esta pequeña investigación sobre mi barrio y la literatura solo le faltaba la presencia de un escritor. Cuál sería mi sorpresa cuando, en el mismo año que se publican Los Episodios Nacionales de Galdós, vivía en Zaragoza un joven de 20 años llamado José Julián Martí y Pérez para continuar sus estudios en la Universidad de Zaragoza tal y como él mismo escribiría después: “Cuando termino mis clases en la Universidad, me gusta pasear por la plaza del Mercado y llegar a la animada calle Platerías. Y ahí, no muy lejos de las ruinas romanas vivíamos como en familia. Mis días en la Pensión Don Félix fueron los más felices de mi vida estudiantil”. Esto no pasaría de una mera casualidad, al menos para mí, si no fuera porque la calle Platerías es la actual calle Manifestación, la misma que en mi imaginación recorrió don Quijote pero que en realidad fue José Martí el que de forma habitual la transitaba. Una calle cuyo nombre actual hace referencia a la cárcel de los manifestados, un espacio protegido que data de los tiempos de la Corona de Aragón para aquellos que querían ejercer el derecho a manifestarse.  Un guiño del destino a título póstumo. 


El homenaje de la ciudad se limitó a una placa adyacente al portal de su residencia en Zaragoza con un bajorrelieve de su rostro, una de esas que pasan inadvertidas, que parecen más parte del bar “El Picadillo” que hace esquina con la calle Manifestación, que de un recuerdo a uno de los grandes poetas de la literatura latinoamericana. Una placa a todas luces insuficiente que refleja su condición de héroe nacional de Cuba y obvia todo su legado literario. Una herencia, una promesa cumplida a modo de homenaje a Zaragoza, que sí está presente en la obra de Martí. Un poema, del que he seleccionado un fragmento, donde el poeta se imbuye de la resiliencia zaragozana en la Guerra de la independencia y la hace suya para su causa, la misma que Galdós supo transmitir en los episodios nacionales con la eterna frase de “Zaragoza no se rinde” y que durante mucho tiempo toda España llevó en sus bolsillos en la inscripción del billete de las antiguas mil pesetas.

Estimo a quien de un revés
Echa por tierra a un tirano:
Lo estimo, si es un cubano;
Lo estimo, si aragonés.

Fotografía: Archivo Israel Pérez Medina

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ENTREVISTA

Entrevista a Luis Miguel Rivas

El escritor colombiano Luis Miguel Rivas, autor de libros como Era más grande el muerto, Los amigos míos se viven muriendo, Tareas no hechas, Más tareas no hechas y Malabarista nervioso, le brindó una entrevista a Polis Poesía que pueden escuchar completa en el siguiente podcast. A continuación, una selección de la entrevista.  


Polis: ¿Por qué hay un espacio de tiempo tan largo entre la publicación de Los amigos se viven muriendo y Tareas no hechas?


Luis Miguel Rivas: Mira, creo que fue por una cosa, primero existencial y segundo de coyunturas de la vida. Esa fue la época en que yo trabajaba en televisión en Bogotá en otras cosas y en un momento, tomé la decisión de irme.  Venir a Buenos aires y bueno, todos esos primeros años también fueron de adaptación, de supervivencia. Era muy difícil dedicarse a escribir. Sin embargo, yo vine con ese propósito, con esa ensoñación que tienen todos los que queremos ser escritores. Y entonces se da cuenta, primero no lo conoce nadie, segundo, nadie te da trabajo. Entonces, en un momento también dije bueno, me voy a inventar como mi propio trabajo, y voy a hacer como si yo tuviera que escribir para un periódico semanal, una crónica era lo que podía hacer. Y me monté un blog en Worlpress: Tareas no hechas.

Y entonces escribí cada semana una crónica, como si fuera un trabajo. Y luego en la editorial Eafit llegó una nueva directora y me llamó por el libro Los amigos míos se viven muriendo que entró en ese movimiento subrepticio y por esa vía llegó a la Feria de Guadalajara a un evento con escritores que no eran muy conocidos. Yo había publicado solo ese librito y, a raíz de eso, Natalia Franco, otra directora de la editorial me dijo publiquemos otra cosa y entonces le dije tengo una compilación de crónicas en el blog, que incluso llegó al diario El Espectador y esa es la razón de por qué la demora en publicar ese segundo libro. 


P: Nos puedes contar cómo describes ese proceso de creación literaria y la evolución de publicar en un blog a escribir los libros que ya conocemos. ¿Ha habido un cambio en ese proceso creativo?  
LMR: Mira, no soy muy consciente de ello. Pero lo que más o menos me viene a la cabeza es yo siempre me sentí más un escritor de cuentos. Tal vez no me veía como el novelista, el escritor profesional. Siempre me vi como más con la aptitud de ver momentos y tratar de ver qué hay debajo de esos momentos que son un fragmento pequeño de la vida y que en términos literarios se puede traducir más fácil en un cuento o en un poema.

P: ¿Cómo pasas de la escritura de cuentos a la novela?  
LMR:
A raíz de que el libro Los amigos míos se viven muriendo llegó algunas editoriales me contactaron viviendo en Buenos Aires y me preguntaban por si tenía una novela. Entonces estaba la idea de que solo se es escritor cuando se publica una novela. Luego conocí a Marcel Ventura, lo habían contratado en Planeta como editor y me pregunto: ¿Qué tenés? Yo le dije, solo tengo un libro de cuentos que, en principio se llamaba Alcohol. Y no se me olvidan sus palabras: “a mí me contrataron para publicar ficción, no para discriminar géneros, mandame el libro”. Luego de varios ajustes a los cuentos lo publicaron, ese ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? Marcel fue de los primeros editores, de esas grandes editoriales, que se arriesgó y se la jugó por ese género.Luego, yo realmente nunca pensé en escribir una novela, pero empecé a escribir una historia de chicos de barrio, sin plata. Y lo que empezó como cuento tenía ya 60 páginas. Tuve que parar un tiempo ese texto por cambios de vida y luego, estando en Buenos Aires, hablé de nuevo con Marcel, le conté de la novela, revisaron el adelanto, les gustó e hicimos un contrato a un año.  El asunto es que yo empiezo a trabajar sobre esa historia y no, no me daba porque el espíritu y la sensibilidad no eran acordes con el momento anímico y mental de esa historia, estaba enmarcada muchos años atrás en Medellín y sentía que no lo podía como recuperar.


Entonces busqué en el archivo otros cuentos que tenía y tenía un mundo de historias empezadas y me encontré con una historia que había empezado a escribir que tenía como espacio una tiendita en Envigado, donde don Gilberto me fiaba aguardiente y él era uno de esos tipos negociantes envigadeños cambalachero. Y un día aparece con una chaqueta marca Gucci, así, “pinchada”. Y entonces me dice: ¿Usted cuánto le pone? Y no sé cuánto podría valer. Seguramente en ese momento tres millones de pesos y me dice: me costó 400 mil el y el rotico es porque el man de la morgue me vende la ropa. Cuando necesite, me dice y se arma una muda de ropa”. Entonces esa historia se quedó en mi cabeza.

P: ¿Qué elementos de la ciudad consideras más fascinantes para explorar dentro de tus escritos? ¿Cómo articulas esas cartografías de esa Medellín que conoces?
LMR: Los personajes están ya inscritos en un contexto, en los espacios. Y ese personaje en realidad tiene contextura, tiene carne cuando está en su espacio y solamente ahí cuando está en esos espacios que yo conocí. Yo vivo en una Medellín que no existe, en una Medellín mental. Y aunque vivo en Buenos Aires hace años, vivo cotidianamente en Medellín que a la vez no es la que es la que es ahora, y tampoco ni siquiera la que fue cuando yo estuve allá. Es una elaboración de las grietas de mi memoria, pero el haber tenido esa vivencia, haber conocido esas calles y haber vivido experiencias en esas calles es lo que le da al lugar la fuerza que pueda tener  el espacio hace parte también del conflicto interno. Entonces, creo que llego más a esos lugares por lo que le pasa al personaje.  

P: Es muy interesante de tu trabajo que, si bien hay algunos hechos de violencia o están en ese contexto, la violencia nunca es la protagonista. ¿Cómo evitas que la violencia se convierta en el leitmotiv de tus escritos?
LMR: Mira, yo creo que hay varias cosas. Primero es la personalidad del escritor, la individualidad y su contexto y, segundo, el tiempo que pasa para escribir de esos hechos. Yo no sé por qué desarrollé una mirada “esquiniada” de la vida, es una manera de mirar de lado las cosas que son muy brutales, ha sido como un mecanismo de defensa. Y mira que el humor es una manera de mirar de lado, mirar por el rabillo esa realidad, sin dejar de verla. De otro lado, está la distancia temporal. Yo escribí la novela años después, cuando ya se había exorcizado el tema desde el drama de la denuncia, del dolor. 


Una tercera razón es que me interesan los personajes, las historias, lo que le pasa por dentro. Entonces, la violencia es el contexto en el que están. Por eso, en Los amigos míos se viven muriendo, hay un chico buscando con quién comunicarse; en Era más grande el muerto, los chicos lo que quieren es buscar una autoafirmación, un prestigio, ser tenidos en cuenta, ser amados por una chica. Bueno, ese realmente es el conflicto. Ahora están en ese contexto, porque ese contexto es el que yo conozco, el que viví, el que me interesa. Entonces, por esa razón, la protagonista no es esa violencia.


P: ¿Medellín o Buenos Aires? Es decir, vives en Buenos Aires, transitas Buenos Aires, pensando en Medellín. Cuando estás escribiendo ¿pasa algo similar? 
LMR: Sí, como te digo, yo tampoco vivo en buenos aires en buenos aires. Me salgo. O sea, vivo en Buenos Aires físicamente, pero no vivo en Buenos Aires porque, aunque voy a dar un paseo, a un concierto, no estoy acá, porque uno nunca deja de ser extranjero. Entonces yo vivo como en un limbo entre dos ciudades que en realidad son imaginarias para mí. Lo que recuerdo no es tanto la ciudad en sí, es la gente, como las personas, y mis propios conflictos.  Al tener la conciencia de no estar realmente en ningún lugar, hace que mi historia no sea exactamente sobre ese lugar. Pues mi énfasis no está en esos lugares, porque pueden ser cualquiera. Mi énfasis es lo que le pasa a las personas por dentro en cualquier lugar, 


P: ¿Buscas que las historias que cuentas tengan esa mirada de lo universal? ¿Has buscado hacer eso en tus escritos?
LMR: No sé si conscientemente. Todos los que escribimos cuentos, creemos que somos hijos de Chejov, pues en ese ideal de retratar lo universal en lo particular. Tal vez eso está en uno, pero no es como un propósito consciente. Pienso que, si uno está pensando realmente en un conflicto de un personaje, no está pensando artificiosamente, está pensando más en un conflicto que se vivió o que escuchó y se adhirió a uno. Entonces, en la medida en que estés hablando de eso, estás hablando de un conflicto de mucha gente. 


P: ¿Qué autores han sido claves en tu ejercicio de escritor? ¿Qué estás leyendo ahora? 
LMR: Que me hayan marcado la vida, Fernando González. Hablaba de temas intelectuales o problemas existenciales con un lenguaje común, sin rebajar el tema. Luis Tejada, nuestro cronista que murió en el 25 del siglo pasado, por la lucidez y una elegancia en el humor en un contexto como la Medellín conservadora de entonces. García Márquez, obviamente, Juan Rulfo, también el mexicano Jorge Ibargüengoitia para mí fue un descubrimiento, por el humor. En una época, cuando descubrí las crónicas que escribía Daniel Samper Pizano los fines de semana y que luego eso luego lo compiló en varios libros. Andrés Caicedo porque contaba historias de manera muy sencilla y eso me hacía pensar que se puede escribir así, con esas palabras, como uno habla y acerca de los conflictos que uno tiene, cotidianos. Y ahora ando leyendo En busca del tiempo perdido y me acabé de leer El gran Gatsby que lo había leído hacía años.

Puede escuchar el pódcast de la entrevista completa en nuestra nueva sección Paseando la página, desarrollada con Camilo Garzón y cuentero productions

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Poesía

3 Lugares del arrullo

Luis Correa-Díaz
 

Valparaíso, cinemascope


Gonzalo Ilabaca, se anuncia y se vocea,
vuelve a pintar Valparaíso, después
de 10 años, esta vez con ánimo
cinemascope, la película de su vida
y la nuestra, escenas de un algo
colectivo terminado en sufijo cidio,
cada lienzo es una especie de animal
porteño fijo en su triple nostalgia,
muda animación de este viejo mundo
crepitante y salado osario del desprecio
como un cadáver varado en todas
direcciones —y eso que juramos amarlo—,
de entre ellos me quedo por resonancia
personal y por este hábito adquirido
y ya seudo-profético, aunque para nada
de romántico, por lo del taste for ruins,
cierto, nos enseña beauty and decay
at the same time, pero no, más bien
de simple epitafista de sí mismo
mientras camina por sus calles y habla
en espíritu con sus arquetipos en el tumulto
de nuestra soledad, me quedo, decía,
con ese que recuerda a Dónde está
el mar?, la antología póstuma, lentes
texto-visuales que proyectan doblemente
el detalle perverso de un poeta enamorado

Tres señuelos de pesca

San Antonio
qué pasa en San Antonio
hoy, dicen que cuando cae el sol
el miedo de la gente se despierta
como un lobo marino perdido
entre las calles, que ha subido
en más de un 87% el robo
en lugares habitados, el narco
impera, el desborde del comercio
ambulante, una marejada
desde sus cerros, en toma y
ya se sabe que el Paraíso
siempre ha estado en la galería
de arriba, todo lo entenderemos
cuando la poeta publique
su anunciado Puerto Antonia, yo
entretanto recuerdo una escena
de familia que se quedó sin foto
—el selfie ni se soñaba
y no hacía falta para contar
que se era o había sido feliz—,
mi padre nos llevó a pescar pejerreyes
desde uno de los muelles añosos
de entonces, hasta las tantas,
luego, al día siguiente, a freírlos
para el almuerzo, en las cabañas
de Barrancas, donde alojábamos
de paso, y a comerlos y a saber tragar
las espinas como si fueran perlas
de un dulce nácar sumergido y de nuestra
propia infantil osamenta, ah, puerto
hermano, que no te la gane
el desencanto nacional, San Antonio,
San Antonio, también de mi amor,
esto ya te lo dijeron Los 4 de Chile,
y yo, como de costumbre, repito,
agregando un adverbio solidario
[https://youtu.be/z9ZOn2lZj38]

Pichidangui
llego una vez más a Valparaíso
en invierno y mi hermano
me arrastra afectuoso
a que lo acompañe a bucear
a Pichidangui con los Concha’e
Locos, es nuestro on the road
space-time para ponernos al día,
en la mañana del domingo
él parte a merodear el fondo
de estas aguas, yo me preparo
a caminar por la costa,
pero ya me ha llegado la música
y comprendo que en suerte
me tocó un San Pedro y carnavalitos
venidos de escuelas de Petorca
y alrededores, de entre las máscaras
la de un Arcángel Gabriel celeste
resplandece alado y caporal
con el silbato va dando ritmo
a las comparsas y luciéndose
de lo lindo, ahí me quedo,
luego desde el Café El Galeón,
habiéndole avisado por WhatsApp
al amor español mío que su sirena
dorada sigue reinando en la caleta,
viendo cómo los curitas bajan
con la gente pescadora y no al santo
al mar para que dé su vueltecita
anual a la bahía y deje sus bendiciones
flotando como reflejos de otro mundo,
veo la superficie pixelada de exoplanetas
que se fragmentan al fervor de las lanchas
mientras espero como un niño sin padre
que todos regresen desde el horizonte

lcd.-

Callecita de los Libreros arriba a la plaza de San Andrés
la araucaria el ciprés el magnolio la palma
Baüme
frente a la torre magnífica del siglo XIII
todo impregnado de sal azul y olor a algas
que de alguna marisma lejana  se quemaba 
tras el rehilo del  sol en el borde gótico  del 
atardecer 

¿ Dijiste que había destruído mi vida en 
toda la tierra?

coge la ciudad
sostenla
sientela
mírala

luego examinala no rutinariamente o 
mecánicamente como si fuera un hábito
sino haz un esfuerzo consciente y sexual en 
el paisaje
unspoken
de los ojos de las manos de los pies o la 
boca aunque esta  ciudad se parecía a al-
guien que había conocido  y había muerto.

de pronto el acento de unas  voces en la 
calle
¿no  tenías siete años ya ? 
tan blanca 
no
tan blanca que era el cuerpo de los muertos
que se habían marchado sin decir nada

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¡Blanca! 

¡Blanca!

¡Blanca!

¿Qué cosa es ser Blanca? 

y yo no sabía la triste verdad que aquello 
escondía

leche rosa de almendra amarga amargada 
vielleicht

¡Muerta! 
¡Muerta!
¡Muerta!
montones de cadáveres sin cadáver

me sentí muerta ciudad 

retorcían  las columnas con elegancia sus nervaturas ascendiendo a tejer las bóvedas con ramajes de palmas que recogía en rosetón el policromado escudo de la ciudad
pasaban judíos de barbas rizosas 
blancas
ataviados con túnicas de seda
pasó un hidalgo mozo con un halcón en el puño
y muertos que dejaban los sitios
como ellos decían el mar no se ve desde esta ciudad escucha, esa vista no podía significar sólo eso
sino todas
las que no he visto

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Ciudad de paso

(Unspoken) o de los muertos que dejan los sitios y las personas

Esperanza Vives Frasès

Ancla 1
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Limes (Germania, actual Colonia)

Los límites
acercan lo que separan.
 
No hay diferencia
entre erigir una muralla
y proponer su destrucción.
 
Los límites vacilan,
se anulan en posibilidades.
 
Un muro contiene
o permite la fuga.
 
Una cerca es una barrera
o una ruta de escape.
 
Una frontera inhibe
o propicia la vida.
 
(De Migrar)

Viatori illegali (Germania, 
actual Colonia)

Cuando partas, viajero,
no olvides que te seguirán
las voces de la nostalgia.
 
No podrás acallarlas.
Ellas serán las comentaristas
de tus pasos, de tus días.
 
A donde vayas,
asegúrales un lugar.
Protégelas del tumulto de la gente.
 
Pero no te asombres si las oyes
como murmullo o rumor,
o si se vuelven parte de tu sombra.
 
Como tú,
así son ellas.
 
Esa es su forma de sobrevivir.
Esa es su forma de saltar las fronteras.
(De Migrar) 

Bárbaros

​Escucha,
los rumores son ciertos:
 
Los bárbaros están cerca.
 
De veras.
 
Han llegado desde lejos,
han llegado con la esperanza a cuestas.
 
No te resistas, es un hecho:
Los bárbaros están entre nosotros.
 
¡Míralos, ahí vienen!
Son ellos.
 
También eres tú.
 
Los bárbaros
soy yo.
 
(De Migrar)

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POEMAS
David Alvarado Archila

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FICCIÓN

FICCIÓN

FICCIÓN

Ancla 2

El Diablo en la Ciudad

Gabriel Ramírez Acevedo

Esta historia comienza como tantas: Un día se apareció el diablo. En un universo tan vasto, Satanás tiene una particular preferencia por este planeta desdichado. O a lo mejor es sólo el pobre diablo al que le asignaron la Tierra para atormentar y aún no tenemos registros de apariciones en otros planetas para comparar notas. Como en tantos otros relatos, en este él está tratando de hacer diabluras y se enfrenta a la inmensidad de la terquedad humana.


La ciudad en la que está por aparecer el diablo es una urbe gris y lluviosa, en la que el frío de la mañana cala en los huesos y la niebla se demora en elevarse sobre los edificios. Como es de esperarse, el diablo no madruga. Los humanos se torturan solos y se echan cuentos para hacerse sentir mal si no se levantan antes que el prójimo, en una eterna carrera al revés contra el sueño. Y que quede constancia que eso no fue obra de él. Que eso de que al que más madrugue más lo ayudan, es una de esas bromas que se inventó alguien y los demás le hicieron caso

Fotografía: Archivo Polis

Cómo decide él aparecerse en un lugar y no en otro, es más una cuestión de suerte que de preferencia. Es el equivalente a tomar la guía telefónica y dejar pasar decenas de páginas, seleccionando una persona al azar. A veces le gusta aparecer en el campo o en el bosque. Le gusta mostrarse allí porque cuando alguna persona lo ve, lo reconoce de inmediato y sabe que estando en presencia del mismísimo demonio, lo mejor es mantener la compostura, llevarle la corriente, y confiar en que la treta que le ofrezca por su alma sea una en la que salga victoriosa por obra y gracia de algún otro ente sobrenatural. Pero cuando el maligno se aburre de esperar a que alguien cruce el bosque a media noche, le gusta irse a la ciudad. Allí a nadie le importa un comino si el que está enfrente es o tan sólo se cree el diablo. Con tanta burocracia, más de uno le ha pedido que presente alguna prueba institucional de quien es. No es que la gente de la ciudad le tema menos, sino que con tantos males alrededor, el diablo no es ninguna prioridad. 


Es de noche en la ciudad en la que está por aparecerse el diablo, no porque él viva en las tinieblas, como la gente cree, sino porque esas horas le favorecen más al asustar borrachos. Los borrachos son capaces de suspender su descrédito ante una buena historia a poca luz y alguien que invite la siguiente ronda. Al Maligno le encanta contar historias que luego los borrachos no pueden repetir y le hacen a la gente perder la cabeza diciendo que estuvieron de copas con el mismísimo demonio. 


Está haciendo frío y el borracho al que está por aparecérsele el diablo está dormitando en una mesa al lado de la ventana de un bar. A este borracho ya le han robado la billetera, así que esto definitivamente no es obra del demonio, sino de la codicia de la ciudad, del capitalismo salvaje dirían algunos. El diablo quiere que quede claro que con eso del capitalismo él tampoco tuvo nada que ver, que esa fue obra de calvinistas y luteranos.

Fotografía: Archivo Polis

La mesa a la cual está por sentarse el diablo tiene la tapa de madera rayada y se bambolea golpeando la ventana cada vez que el borracho se mueve. Sobre ella hay una vela encendida, ensartada en una vieja botella de whisky cubierta de grumos de cera. De las pocas cosas que se dicen del diablo que son ciertas, es que le gusta el fuego. Siempre le consideró el más interesante de los elementos, y le pareció fascinante cuando uno de los animales de la tierra aprendió a cultivarlo luego de millones de años de evolución. Sí, por supuesto que el diablo cree en la evolución.


La llama de la vela está por iluminar de manera dramática la cara del demonio al aparecer sentado frente al borracho. Él sabe que esta iluminación dramática le favorecerá para decir lo que ha venido a decir. El diablo está a punto de exigirle al borracho que deje de trabajar. Así de sencillo. Belcebú quiere que nuestro querido borracho deje de trabajar y comience a raptar jóvenes vírgenes, y que les sacrifique para su nuevo amo y señor. Si no lo hace, lo va a llevar al infierno y lo va a torturar por toda la eternidad.


El borracho confundido que está a punto contradecir al ángel caído, no lo hace por necedad, sino por necesidad. Si deja de trabajar va a tener que entregar la casa en la que vive con su familia, de la que debe dos meses de alquiler, y que el dueño quiere arrendar más caro y por días a trabajadores más precarios que él. Si renuncia al trabajo en el que gana apenas lo suficiente para vivir y beber, los prestamistas van a hacer de su vida un infierno, como se lo hicieron saber. Si no tiene trabajo, los endemoniados de inmigración lo van a buscar hasta debajo de las piedras para sacarlo a patadas del país. Él no quiere decirle que no, pero es que el diablo no sabe lo que es tratar de sobrevivir en una ciudad como esta.

Fotografía: Archivo Polis

Ancla 3

​​​El diablo no esperaba que el borracho le aceptara el trato de buenas a primeras, pero definitivamente la creatividad para las excusas está decayendo rápidamente. Cada vez se parecen más los pretextos a la pereza que al miedo. El príncipe de las tinieblas realmente no necesita de las personas para ejecutar sus designios, pero él se deleita con las historias que se generan de estas interacciones. Si algo tienen los humanos es una impredecibilidad que se exacerba con el miedo. Y esas son las historias que le gusta presenciar al diablo: Los límites hasta los que los mortales llegan para salirse de un enredo, y los enredos en los que se meten para no tener que aceptar sus límites. La humanidad es una fuente inagotable de dramas y comedias para el diablo. Ni él sabe muy bien con qué fin o por qué casualidad llegaron los humanos a existir, pero él cree que seguramente fue para entretenerle a él.


Desde el otro lado de la ventana se ve la calle que está por cruzar una niña. Caminará firme, arrastrando los bordes de sus jeans sobre el pavimento mojado. Da la apariencia de tener unos trece o catorce años, y lleva una camiseta negra y unos audífonos enormes sobre el pelo que le llega apenas hasta los hombros. Desde fuera está por ver el terror en la cara del borracho, al mismísimo demonio sentado a la mesa, y la vela que está por chispear.


La niña está por entrar al bar, y sentarse a la mesa con el borracho y el diablo, sin preguntar si les puede acompañar. Antes de que alguno de los dos personajes diga algo, ella les hará saber que lo mejor es que ambos se callen y que la escuchen. Va a mirar de frente al diablo y le va a decir que es mejor que se vaya por donde vino. El alma de ese pellejo que cabecea le pertenece y ella no piensa dejar que cualquier aparecido venga a quitarle lo suyo. En algún lugar oscuro de la red el borracho aceptó unos términos y condiciones que no leyó, y ahora le debe su espíritu a ella.

Fotografía: Archivo Polis

​​El borracho que está por presenciar esta escena preguntará entre balbuceos orgullosos, qué ha hecho él para merecer este trato. La niña le responderá que él no ha hecho nada para merecer esto, y que tampoco ha hecho algo para no merecerlo. No es personal, le dirá. Le pedirá que se piense como un becerro en el matadero. El becerro no ha hecho nada para merecer su muerte y no tiene cabida que siquiera se lo pregunte, porque no tiene la menor importancia lo que opine la ternera del bistec.


El diablo está más confundido que furioso y está por tragarse las ganas de preguntarle a la niña quién es, o más bien, quién se cree para comportarse así en presencia del señor del inframundo. Debe ser un ser antiquísimo, sobre el que el miedo y el demonio no tienen ningún control, pensará él. Antes de que pueda preguntarle, ella se dirigirá ante él y le dirá que da lo mismo quién es ella, que más bien se mantenga él al margen. A ella le da igual si le duele en el ego al diablo, pero así son las cosas aquí y más le vale largarse ya, que ella tiene cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con vejestorios.


En el preciso momento en el que Satán desplegaría su furia infernal sobre la mesa, la niña sacará un teléfono del bolsillo. Mientras lo revise, levantará un dedo hacia el diablo en señal de que espere un momento. El diablo confundido esperará y el borracho se volverá a dormir sobre la mesa. Pasados dos o tres minutos, ella guardará su teléfono de nuevo, levantará la mirada y se encontrará con la vista del diablo que seguirá allí, observándola perplejo. Ella volteará los ojos y resoplará. Le dirá si es que acaso hay algo que no esté claro, o si tiene que explicarle más despacio para que entienda.


El diablo que está por hacer saltar la llama de la vela en un destello intenso, desaparecerá en el acto, para no tener que mostrar su estado de confusión por más tiempo. No es infrecuente que el diablo tenga que dejar una partida antes de tiempo por situaciones fuera de su control, pero esta es quizás una de las más inesperadas que ha tenido. Casi sentirá vergüenza de irse así, sin saldar sus agravios, pero sin saber ante qué ser ancestral se enfrenta, es mejor salvar la nariz.


La niña está por levantarse de la mesa y darle una sonora palmada en la nuca al borracho. El borracho levantará la cabeza asustado y ella le dirá que ya fue suficiente, que se levante. El borracho se pondrá en pie tambaleándose y dejando caer la silla tras de sí se dará cuenta de que le han robado la billetera con el poco dinero que traía. Murmurará algo a la niña y ella volteará los ojos de nuevo y dará otro bufido. La niña se hará a uno de los costados del borracho y le recibirá el peso cuando él se apoye en ella para andar hacia la puerta. Al salir, la niña gritará que mañana pasará ella con lo que haya que pagar de la cuenta. La mujer que responderá desde la bodega de atrás, y que no se habrá dado la menor cuenta de lo sucedido, le dirá que si a ese borracho no se lo ha llevado el diablo aún, es por ella que debe ser un ángel. Ella le responderá que los ángeles no son más que los mandaderos del patriarcado de algún dios-padre, al que alguna hija seguramente tiene que sacar en hombros del bar cada noche para que deje de armar líos en la creación y pague lo que debe. El borracho balbuceará un qué-mi-dios-se-lo-pague, y ella le enterrará el codo en las costillas mientras salen a la calle en donde comenzarán de nuevo a caer grandes gotas sobre el pavimento.

La Kika discursa sobre religión y arte “live streaming” desde París

Carlos Vázquez Cruz 

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De: Kika Brona [mailto:kika.brona@corpuschristi.edu]
Enviado: lunes, 15 de abril de 2019 10:03 p.m.
Para: ‘Raquel Evadán’ [nadaveraquel@ai.com]
Cc: La Ciática [la.ciatica@shingatsingtao.com]; La Diega [taina.vegana@ambienta-lista.org]; Sauerkrautfrankfurterberger [d.l.sfberger@senado.gov]; Fimperfecta [futura.imperfecta@
di-menciones.science]; Titi Pacheca [copilota@chimbumbam.tv]; Áurea Ladinos [ladinos.a@laprime.net]
Asunto: Re: Las siete Partidas

¿Cómo caí en Francia? Nadie sabe. Abrí los oídos en la capital, teléfono en mano, pero sin servicio. Digo “los oídos” porque roncaba espatarrá en mi cuarto cuando la campanita del celular anunció mensaje. En cuanto me puse los espejuelos y me propuse leerlo ―con los párpados medio apagados―, se me escurrió al tímpano ese tonito de crêpes y crème brûlée que me alertó sobre la extranjería, aunque presiento un aura misteriosamente familiar cuya procedencia no detecto.

Fotografía: Archivo Polis

Pasé trabajando la noche anterior y la mañana siguiente. Entregué el proyecto al Museo, almorcé a mediodía, continué la faena y, poco después de las seis, mariconfundida, me acosté sin bañar. Al rato, el correo electrónico. Tuvo que ser eso, según Raquel Evadán, lo que me trajo aquí, pero tiene que existir un artefacto satelital u otro de índole similar. ¿Cómo un acto tan sencillo ―acceder a mi buzón― provocaría este tipo de viaje? Si las otras seis Locas incluidas en este thread leen mi mensaje, déjenme decirles que están jodías. Debieron dejarlo cerrao. Menos mal que hay wifi gratis aquí (milagros del Primer Mundo); por eso, transmito este live stream, aun cuando me queda poca carga. Entérense simultáneamente de cómo La Kika apareció en bata en la meca de la Ilustración o guarden el clip para que lo vean, lo transcriban y lo difundan como futura referencia porque tiempo, lo que se dice “tiempo”, no me sobra. En el país de los besos de lengua y del ménage-à-trois, muchos compromisos ocuparán mi ya cargada agenda. Además, el espectáculo al frente mío... ¡hay que verlo!

Fotografía: Archivo Polis

¿Qué debo hacer para regresar a Borinquen Bella? Desconozco. El idioma no lo sé; me hace falta dinero y las necesidades físicas y fisiológicas conforman la base de la pirámide de Maslow. Por un lado, las miradas parisinas y los bultos masculinos que se hinchan al sur de las correas presagian la aventura que efervesce por los callejones. Por el otro, las narices perfiladas se arrugan porque, en la capital de los perfumes, los hombres olfatean en mí más de veinticuatro horas sin ver agua. Aunque a veces el varón exige un cuerpo al natural ―feromona cruda embadurnada de ejercicio―, no me encuentro en cualquier lugar, sino en los dominios que custodian ―orgullosamente erecta― la Torre Eiffel. Tales son los efectos de mi antimetropía. Literalmente poseo dos puntos de vista, razón que me dificulta tomar decisiones. Hasta que sepa qué hacer, de aquí no me muevo.

Fotografía: Archivo Polis

Roto sobre mi propio eje. Observo los picos preciosos de un fracatán de iglesias en este sector y me consta que la devoción excesiva corretea por ahí agarrada de la mano de la represión y el pecado.
Desde que a Father James lo trasladaron al barrio Coco de Salinas, hasta las ateas veneraron al Señor de las Alturas. No hizo más que aparecer aquel sábado por la tarde para que padre Norman, su antecesor, lo presentara ante la comunidad, y el rumor de su blancura, de su espesa cabellera negra, de sus cejas dibujadas por Dios a magic marker, de su acento gringo matizado con inflexiones colombianas y de sus compactas pantorrillas onduló por el vecindario con la misma gracia con que el viento costero le levantó la sotana.


―¿Tendrá pantalones cortos debajo o...? ―dijo María de los Ángeles a media sonrisa.
―Parece que camina dos millas toas las tardes ―especuló Sara Magdalena.


―Apuesto a que corría bicicleta por allá, por las Arkansas... porque de Arkansas tiene que ser... ―remató Rut Ester, y era verdad; supimos luego que Father James venía del Bible Belt, la cintura ultraconservadora de los Estados Unidos, riquísima en vacas, música country, Walmarts, algodón y terapias de conversión.
Para acoplarse a nuestra cultura, se cambió el nombre a “padre Santiago” y empezó a confesar a sus feligreses los martes por la tarde. Yo, pecadora de siempre, jamás me habría acercado a la seriedad intraspasable de su predecesor, padre Norman, pero ¿este?
¿este con pies de resbaladero? Este se escocotaba porque había nacido para deslizarse por mis húmedas curvas salinenses.

Fotografía: Archivo Polis

Echando a un lado la descomunal belleza con que vine al mundo, no fueron las rudimentarias bicicletadas o las vulgares cabalgatas campesinas las que tonificaron mis músculos, ni se debe la gracia de mis movimientos al desarrollo motor fino de las clases de arte con que nos entretenían en la escuela elemental. Mi esbeltez la cinceló paulatinamente la disciplina provista por el Ballet Juvenil Puertorriqueño, de donde salieron grandes luminarias de la danza moderna, como yo, por supuesto. Por eso, en cuanto regodeé las pestañas en los ojos almendrados de padre Santiago, me latió en las entretelas de la chanforneta la revelación de que tenía que volver al redil de donde me había descarriado.


Mes y medio tardé en susurrarle, durante la confesión, que me masturbaba, acercando las bolas de los ojos a las rejillas del confesionario. Comencé a echarme hacia adelante al tomar la comunión para llevarme la hostia al galillo y, a la vez, chuparle los dedos. Por casi un año le narré mi vulnerabilidad: que mi carne estaba tierna para el colmillo. Poco después, la frustración me convenció de su santidad. Pero, cuando María de los Ángeles me restregó en las orejas que, bajo la sotana, padre Santiago no usaba pantalones; cuando Sara Magdalena espepitó que él le enseñó las piernas duras, con todo y yuca guindando; cuando Rut Esther nos reveló que, además de bicicleta, Father James montaba yeguas en celo. Cuando, para colmo, mi primo Juan Marcos “El Feo” sopló que el cura lo había recogido de la plaza en su FJ Cruiser para que se acuclillara ante el santísimo en un edificio abandonado y que lo tenía de gordo como cirio pascual, alcé los ojos al cielo e imploré: “Manda fuego, Señor, sobre todos ellos”.
Sobrevivieron dos.

Fotografía: Archivo Polis

Si no hubiese sido porque, antes de irse, el intraspasablemente serio padre Norman me pidió que lo acompañara a San Juan... Si no hubiese sido porque tomamos la carretera número uno, de Caguas a Río Piedras... Si no hubiese sido porque me acostó como una estrella de mar en la love machine del motel Flamingo... Si no hubiese sido porque me contemplé en una mise-en-abîme por los espejos con las extremidades repartidas, ungida, rellena de y gotereando Espíritu Santo... O sea, si no hubiese sido porque Dios vino a verme en el último minuto, cuando te quedas bizca de misticismo, yo habría llenado de gasolina una caneca de Palo Viejo, le habría metido un trapo, le habría pegado un fósforo prendío y la habría puesto a la esquina del mantel que arropa al altar mayor.
Menos mal que la infinita misericordia divina socorre a las fieles.


Padre Norman, en el postrer momento, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena, en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía.


―Te hizo mucho bien el Ballet Juvenil.
―Pero lo voy a dejar porque me voy a estudiar.
―¿Adónde?
―A Una Gran Universidad.
―Yo voy a estar por acá. Podemos vernos si quieres.
―Si se va a quedar en Puerto Rico, ¿por qué no siguió en Salinas?
―Me mudo gracias al Papa.
―¿Ratzinger?
―Benedicto XVI.
―¿Qué hizo?
―Consolidó la tradición de cambiar de parroquia a sacerdotes cuando surge un problemita.
―¿Un problemita? ¿Como cuál?
―No todo el mundo guarda secretos.

Fotografía: Archivo Polis

​​​​​​​​Mantuve silencio porque la indiscreción de la gente está cabrona. Cuando volví al Coco, me metí a la internet. Luego que las agencias noticiosas mundiales confirmaran que Joseph Aloisius Ratzinger encubría a curas pederastas, me dije: “Este es un aliado”, y dediqué varios días a redactar una carta que le envié al Vaticano, solicitándole los nombres de los padres involucrados, así como sus direcciones actuales de residencia. Trabajé afanosamente. Ahorré el mínimo centavo, no sólo para mi ingreso a Una Gran Universidad, sino para planificar vacaciones en países cercanos adonde hubiesen trasladado a esos hombres de fe, según la respuesta que ―anticipaba― recibiría pronto.


La Santa Sede jamás contestó, como si el mío no fuese también un cuerpo de Cristo. Consideré enlistarme en las filas protestan- tes, mas los modelos nacionales no satisfacían mis expectativas. La licenciada María Milagros Charbonier, legisladora que ―escudada tras la figura de un hermano gay muerto de sida― arremetía visceralmente contra los homosexuales, se convirtió en portaestandarte de la moral y la familia hasta aquella gloriosa madrugada en que el FBI la arrestó debido a un esquema de corrupción que vistió de anaranjado correccional a todos en el hogar. “Esta sí es mi compatriota”, pensé, pero por dejarse agarrar, quedó eliminada. Además, atesoraba al pastor Rodolfo Font, quien ―luego de instaurar un imperio de fe― se fugó a Estados Unidos con la oveja Normarelis Figueroa para fundar iglesia y le heredó a su hijo Otoniel los estragos y el rebaño. Por abandonar nuestras tierras... ¡fuera! También resguardaba en el corazón a O. Jermaine Simmons, el pastor de Tallahassee a quien filmaron corriendo en pelotas cuando el esposo de su amante llegó temprano a la casa en pleno invierno de la Florida, pero no pertenece a nuestra jurisdicción. Inspiración solamente. En estas olimpíadas, la medalla de plata se le otorga a la apóstola Guanda Rodón, fundadora ―junto con la Hon. Débora de Lourdes Sauerkrautfrankfurterberger― de Los Anticuerpos, coalición que desuella y destasaja a la comunidad sexodiversa y recauda fondos que enriquecen a sus fundadoras im- pudorosamente, mientras ellas observan a sus correligionarios purificándose en miseria. Aunque su agenda de odio resulta exitosa, escuché cantar a la Rodón, y su falta de talento para la música no la compensa ni una eternidad en el purgatorio. La carta triunfal la recibe la Iglesia Bautista en los Estados Unidos, por ser el epítome de “Dejad que los niños vengan a mí”. Mas ahora la presionan para que divulgue sus récords. Se rumora que lo hará. Por chota, la despojo del galardón.


Pero estoy en los dominios del ratatouille. Hace poco, Reuters difundió la buena nueva de que el clero francés ha abusado de más de 200,000 niños desde 1950. ¿Qué hacía yo en Puerto Rico siendo Francia el terruño de mis afectos? Lo importante es que llegué: la urbe, el teatro, el café, la plaza, el parque, la acera... el Primer Mundo forrado de insoportable calor, como metáfora de que lo merece. Espero que el live stream sirva porque estas transmisiones consumen mucha carga. A ver cuántos likes me dan mientras permanezco aquí, derritiéndome, sudando en primavera, riéndome al borde del éxtasis, ante una Notre Dame incendiada por la ira de Dios.


Por otro lado, pienso en el arte. La arquitectura que me arranca el suspiro y para cuya descripción el vocabulario resulta insuficiente. Los relieves, las figuras y las gárgolas que, desde frontispicios y balcones, extienden la vista hacia París, Francia, el horizonte, desde antes de yo nacer hasta allende mi muerte. Quizás. Me oprimen el pecho el armazón de madera, construido con robles centenarios que ―aún hoy― encuentran propósito desarraigados de la naturaleza, al igual que la docena de apóstoles en bronce, modelando el rigor, la pericia empleada para elaborar distintas poses del cuerpo humano. La jactancia colorida y geométrica de los rosetones desaparecería, sin contar los motivos litúrgicos que testifican sobre nuestro entendimiento religioso a través de los siglos. El conocimiento, las aspiraciones, los anhelos de trascendencia depositados aquí por toda una comunidad están al filo de la hoguera. Notre Dame se vuelve una antología de arquitectura, ingeniería, arte, ciencia, filosofía, artistas, devoción, complejidad, opulencia e historia... una cronología de la invención humana a punto de desgranarse. Me enfrenta, súbitamente, a la impotencia. No puedo salvar nada, ni a nadie, de un peligro. Las llamas le pintan a la catedral una corona, sublime y horripilante, de fuego. ¿De veras pasará esto?
El humo me empaña los espejuelos, me pica los ojos, porque, en el fondo, soy incapaz de legarle algo a la humanidad.
Dicha confluencia multidisciplinaria me recuerda a mi país, aunque no como quisiera.


En Puerto Rico, los escritores sólo van a presentaciones de libro; los teatreros, a eventos dramáticos; los artistas, a exposiciones museísticas, etc. En el campo de las letras, cada cual solamente lee a sus amigos ―para no contaminarse―, asiste a las actividades de sus panas ―para el consabido espaldarazo― y convoca a antologías destinadas a demostrar el valor de sus allegados. Los más jóvenes etiquetan como “clásicos” a los textos de la pasada generación ―a la cual corresponde decapitar lo antes posible―, y los establecidos catalogan a los demás como “escritor emergente” o “promesa literaria”, batón que finalmente pasan concediéndoles críticas condescendientes en columnas periodísticas cuando ya posan, sobre el lecho de muerte, la uña ―larga, sucia y agrietada― del dedo gor- do, puesto que identifican ese momento como el ideal para recibir doctorados honoris causa o acceder a la Academia de la Lengua. En la isla de la casualidad, los jurados premian a sus compañeros de trabajo, quienes les agradecen burlándose de ellos en las redes sociales e inaugurando un ritual de escarnio público eternizado por sus amigos virtuales, aunque nunca hayan conocido a quien victimizan. Ello sin contar que los oprimidos se posicionan con holgura en el sitial del opresor.


En equis año, La Ciática publicó su enigmática colección de cuentos: Dando chino: artesanales. Al año ye, se premiarían los mejores textos del ciclo anterior en el Colegio Sagrado Corazón, por lo que la invitaron. La acompañé porque somos uña y mugre, mugre y microbio. Es más: somos una, así de íntimas. Bueno, éramos, hasta que se portó como lo hizo en mi restaurante chino favorito ―pero esa es otra historia―. Lo importante es que, en el laudo, dos textos recibieron el primer premio ex aequo; el segundo y el tercer lugar se declararon desiertos, y su libro recibió una mención. Durante el ágape final, Emperatriz Montalbán de González, draga ácrata de nuestras letras, se le aproximó:


―Ciática, Loca, yo no sabía que tú eras penepé.
―¿Qué?
―Que eres estadista.
―No es secreto, Emperatriz. ¿Por qué lo dices?
―Porque Sofrita lo comentó cuando estábamos deliberando.
―¿Qué Sofrita?
―Sofrita Melona. ¿Por qué tú crees que Dando chino se quedó atrás?
―Wow. Debo escribir esto algún día.
―Ni te atrevas, Loca. Puerto Rico es la tierra del bocabajismo, el malafeísmo y la carifresquería. Si te tratan mal, discúlpate con quien te maltrata. ¿O se te olvida lo que le pasó a la prima de esta?―inquirió señalándome.


A Luz Consuelo, alias “Cuca”, Paquito la persiguió desde siempre. Un sábado por la noche, a mediados de los años 70, saliendo de una boda, la familia regresaba a pie a la casa mientras ella y él quedaron rezagados. De repente, él le agarró una muñeca, la viró hacia sí y la besó. Ella lo rechazó y adelantó el paso para juntarse al grupo, no sin antes pedirle verse el lunes por la tarde frente a la tienda del barrio.


―Mira, Paquito, yo te quiero como amigo. Yo no quiero ser tu novia, así que no vuelvas a perseguirme y déjame quieta, por favor.
―¡Está bien! ―protestó él, soltándole la mano―, pero vete de aquí, y vete ya. No te extrañe si despiertas una noche y te ves con candela alrededor. Vete y olvídate que tienes familia. Si no, le pego fuego a tu casa.


Cuca le escribió a su papá. No pasaron dos semanas y se apartó de su madre y sus hermanas. Terminó los estudios en Estados Unidos y allá se quedó hasta que una de las restantes decidió casarse. Como le aseguraron que Paquito estaba en la cárcel, volvió. Camino a la recepción, él le apareció de frente, le apretó aquella muñeca que pulsaba de memoria y la reclamó como si jamás la hubiese soltado. Varios parientes la rescataron, la mantuvieron por horas en casa y, hasta hoy, no le hemos visto la cara. Al morir Paquito, la llamaron para que lo perdonara porque su espíritu merecía descanso.


Mi prima era un alma de Dios, Sofrita. De las que sólo hay una... Oh, y dice La Ciática que, si coinciden en eventos, cada lengua en su estuche es una joya... “Que me sonría”, sugirió. La vergüenza, como el amor, se ríe sola.
En la Perla del Caribe, cuando aparecen gestores culturales cuyos ojos jamás se han puesto el liner de la parcialidad, les boicotean los proyectos. Sin embargo, en la colonia en donde todo se nos niega, los boricuas nos empeñamos en ser exquisitos. Tenemos autores cabrones, artistas puñeteros, músicos del carajo y un vocabulario florido, como el que acabo de desplegar. Nuestro único problema es que, a fin de cuentas, el campo de las letras es... un campo, una parcela, un micropoder dentro del cual, quien no haya visto mundo siente que caga más arriba del culo. Hasta aquí mi “sección Notre Dame”, en la cual sintetizo la historia moderna y contemporánea del terruño borincano, que es reflejo del perdido paraíso terrenal.


En un aparte vinculado a La Ciática, las narraciones en que recrea el fallecimiento de sus allegados han cautivado a los lectores por casi década y media. Mi fascinación por sus textos se acentuó luego de leer una entrevista en que informara que ―similar a un trance― los espíritus de familiares y amigos se comunican con ella, por lo cual se ha propuesto revelar, con pruebas irrecusables, la existencia y la naturaleza del mundo espiritual y sus relaciones con el corporal. No las presenta como sobrenaturales, sino como una de las fuerzas vivas que incesantemente obran en la naturaleza; como el origen de un sinnúmero de fenómenos incomprensibles hasta ahora y relegados, por esta razón, al dominio de lo fantástico y de lo maravilloso. Eso, a mi entender, la engrandece. Durante el diálogo, abundó en que ―de sus innúmeros talentos― el rol de escribiente ―que todos ambicionan― le resulta sencillo, cómodo, le provee los resultados más satisfactorios y completos. Aun así, para ella, la comunicación con un espíritu determinado ofrece, muchas veces, dificultades materiales, pues, para que un espíritu se comunique, se precisan relaciones fluídicas que se establecen a medida que la facultad se desarrolla. Por ende, poco a poco, La Ciática tuvo que adquirir la aptitud necesaria para entrar en relación con sus espíritus. Dicha anécdota, en realidad, me voló los sesos, máxime cuando, en este escenario francés, según indiqué antes, me he sentido observada y no puedo identificar a quien me está mirando.


¿De dónde provendrá esa aura familiar cuyo origen no detecto?
¿Será el Padre Eterno que, desde el firmamento, me escudriña envuelta en una bata encharcada en medio de este París que ya debe figurar en las noticias? ¿Serán los hombres de chichón sureño a un milímetro tras la frontera del zíper, a quienes los celulares les cubren la cara? ¿Será Raquel Evadán, quien envió el email y me teletransportó a esta patria de refinamiento, modas, regiones vineras, Rodin y Rimbaud?
Ellos deben estar espiándome. Tienen que ser... o no. Probablemente, Nuestra Señora, en medio de la hoguera, me pide perdón.
De ser así, acabada la rotación, inicio la traslación. Lo siento mucho por el arte y la belleza.

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CREDITOS

Conoce a las personas detrás de esta edición

Hacia abajo

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David Alvarado Archila 

Magíster en Literatura de la Universidad de los Andes y Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Ha trabajado como coordinador de cursos de español en la Universidad de los Andes y como traductor de literatura alemana. En la Universität zu Köln realiza su doctorado en Literatura Alemana. También trabaja como profesor de español en la Universidad de Bonn, en la Universidad de Ciencias Aplicadas de Colonia, así como en la VHS de Colonia.

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Ethel Barja

Doctora en Estudios Hispánicos por la Universidad de Brown. Sus últimos libros de poesía incluyen La muda (2023), mención honrosa en el International Latino Book Awards en la categoría Juan Felipe Herrera mejor libro en español y Hope is Tanning on the Nudist Beach (2022), ganador de la medalla de bronce del International Latino Book Awards en la categoría Juan Felipe Herrera mejor libro en inglés. Ha sido distinguida con el Premio Oversound (EE. UU., 2021) y Cartografía Poética (Perú, 2019). Como especialista en literatura latinoamericana, ha publicado Poesía e insurrección. La Revolución cubana en el imaginario latinoamericano (Iberoamericana Vervuert, 2023) y diversos artículos en revistas especializadas. Desde el verano del 2025 se incorpora a Smith College (Estados Unidos) como profesora a tiempo completo. Ver más en www.ethelbarja.com

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Mónica María del Valle 

Traductora, literaria, editora, doctora en estudios culturales e hispánicos, exbecaria Fulbright. Se desempeña como docente en la Universidad de La Salle-Bogotá. Su área de interés es el Gran Caribe, donde trabaja temas relacionados con su literatura y su crítica pictórica y, más recientemente, con problemáticas donde se conjugan el agua, las espiritualidades de inspiración afro y la migración por mar. Coproduce el pódcast Del patio al malecón. Correos electrónicos: monicatraductora@gmail.com / mmdvalle@unisalle.edu.co

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Luis Correa-Díaz

Es miembro Correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua y de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba (España), poeta y Distinguished Research Professor de Digital Humanities y Human Rights en la University of Georgia-USA. Autor de varios libros y artículos críticos. Últimamente destacan: La Bandera de Chile es extranjera en su propio país. La poesía civil/insurrecta de Elvira Hernández (2025), Latin American Digital Poetics (con Scott Weintraub, 2024), Novissima verba: huellas digitales/cibernéticas en la poesía latinoamericana (2019). En poesía:  Up from Georgia-lcd (2025), La Valparadisea (2025), New Hope Rd  (2024),  Ercilla en Concepción (2024), Un poema rápido en vez de un himno (con Jeremy Paden, 2024), El Escudo de Chile (2023-2022), Valparaíso, puerto principal (2024 y 2022), Ingeniería solar (2022), Crónicas-in memoriam-s & ofrendas (2022), Americana-lcd  (2021), metaverse (2021).

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Oswaldo Estrada

(1976), de origen peruano, es autor del libro para niños El secreto de los trenes (2018) y de tres colecciones de cuentos: Luces de emergencia (2019), Las locas ilusiones y otros relatos de migración (2020) y Las guerras perdidas (2021). Es autor de la novela Tus pequeñas huellas (2023) y ha editado el volumen Incurables. Relatos de dolencias y males (2020), con veinte autores latinoamericanos que viven en los E.E.U.U. Es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill.

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Israel Pérez Medina

Israel Pérez Medina (Madrid, 1980) se licenció en Filología Hispánica en España, y más tarde en Estados Unidos obtuvo su maestría en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde escribió una tesis sobre las perspectivas subversivas de la sociedad mexicana retratadas por escritoras mexicanas contemporáneas. Actualmente, es estudiante de doctorado en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill y trabaja en narrativas contemporáneas de inmigrantes escritas en español.

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Gabriel Ramírez Acevedo

Nació y creció en Bogotá, Colombia. Estudió Relaciones Internacionales en Colombia y Desarrollo Internacional en Países Bajos. Después de vivir en Colombia, Canadá y Estados Unidos, emigró a los Países Bajos, donde trabaja en la Universidad de Ámsterdam y dedica su tiempo libre a aprender el arte y oficio de la escritura. Su relato “Mixtape” ganó el primer premio en el concurso de cuentos para la revista neerlandesa Writer’s Block en 2021, y su relato “Polishing Imperfection” fue publicado por la revista austríaca Tint Journal en 2024.

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Luis Miguel Rivas

Escritor, guionista y realizador de televisión nacido en Cartago, Valle y creció en Envigado. Se graduó en Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y se ha formado en narrativa, narrativa audiovisual, comedia y dirección escénica en diferentes escuelas. Entre los textos de Rivas están: Los amigos míos se viven muriendo, Tareas no hechas, Más tareas no hechas, ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno?, y Era más grande el muerto. Actualmente, vive y trabaja en Argentina.

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Raúl Soto 

Ha publicado recientemente Textos indisciplinados: Vallejo, Humareda et al (Lima, 2024). El libro es una selección de ensayos y reseñas relacionados con diferentes productos culturales como la literatura, el arte y la música. También incluye traducciones del inglés de poemas, canciones y textos en prosa. Colabora en Hueso Húmero (Perú) e Intervención y Coyuntura (México). Ahora está buscando un editor para publicar NosOtros, los cholos, un libro de memorias y/o autoficción donde explora su infancia y adolescencia en conexión con la choledad.

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Carlos Vázquez Cruz 

(Puerto Rico, 1971) es escritor, profesor y músico. Obtuvo el doctorado en Lenguas Romances de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Entre sus últimas publicaciones se hallan los poemarios Sencilla mente (2010) y Silente (2022), las colecciones de cuento 8% of desk-cuentos/Asado a las doce (2006/2011) y Malacostumbrismo (2012). Actualmente, es catedrático auxiliar de español en Kalamazoo College, Michigan.

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Esperanza Vives Frasès

Reside en Valencia cerca del mar. Entiende la poesía muy relacionada con la imaginación y la memoria. Ha publicado los libros  Ese eco que une los ojos (Almud Ediciones), Las Paquerettes, (Amargord ediciones)  y Ô una abstracció (Edicións 96). Ha sido galardonada con el Premio de Microrrelatos Contrabando de Russafart el año 2016, y el primer Premio Internacional de poesía Crátera  Experimental  el año 2020. Poemas suyos y cuentos han aparecido en distintas publicaciones internacionales. Escribe en catalán y en castellano y algunas veces con palabras de otras lenguas  de su infancia como acto creativo,  palabras aisladas o en una forma expandida. Sonidos, abstracciones.

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Sonia Luz Carrillo Mauriz

Poeta, periodista, crítica literaria, profesora universitaria en la Universidad Mayor de San Marcos. Miembro de la Generación del 70. Poemarios: Sin motivo aparente (Causachun, 1973; 2da ed. Qwerty, 2023), Poemas (1976), ...y el corazón ardiendo (Ediciones Poesía, 1979. Prólogo de Alejandro Romualdo), La realidad en cámara oscura (Ediciones Capulí. Colección Urpi dirigida por Cecilia Bustamante, 1981), Tierra de todos (Ediciones Poesía, 1989), Las frutas sobre la mesa (Arte/Reda, 1998) y Callada fuente (Paracaídas, 2011. Epílogo de Jorge Nájar).

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Camilo Garzón

Es un escritor, productor y cineasta colomboestadounidense con experiencia en narrativa transmedia y gestión cultural. Es graduado en filosofía y ciencias de la religión de Rollins College. Ha trabajado con Scientific American, NPR y National Geographic Society, además de fundar y dirigir Cuentero Productions. Su labor explora la intersección entre literatura, audio y cine, destacándose en la adaptación interdisciplinaria de historias. Ha colaborado con Two Lines Press y su trabajo ha sido reconocido por The New York Times y KQED entre otros.

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